RECUERDOS DEL 2 DE ABRIL
“Papá, abrí ese cajón y saca todos los besos que te estuve guardando”
Tras volver de Malvinas, José Darío Orellano encontró en sus hijos y esposa el apoyo y reconocimiento que tanto necesitaba. En las islas, de casualidad, se topó con una carta que le dio fuerzas para soportar los horrores de la guerra.
En plena guerra, caminando por la bombardeada pista de aterrizaje del aeropuerto de Puerto Argentino en Malvinas, el suboficial José Darío Orellano se topó con una bolsa con cartas que provenían de la Tercera Brigada Aérea de Reconquista, Santa Fe. Revisando halló tres de su familia, pero una lo emocionó profundamente: “Papá. Yo y mis compañeritos te damos las gracias por defender la Patria. Martín”, le había escrito su hijo mayor. La misiva lo reconfortó y al mismo tiempo acrecentó su miedo de no volver a verlo. Pero el excombatiente volvió sano y salvo a su hogar y, al llegar, su hijo menor lo llevó a su habitación y le indicó la mesa de luz: “Papá, abrí ese cajón y saca todos los besos que te estuve guardando”, le dijo. Aún hoy, los ojos del veterano se inundan de lágrimas al recordar aquella bienvenida.
De chico a José siempre le gustó la mecánica y jugar con aviones. “Me enteré de la Escuela de la Fuerza Aérea en Córdoba y en el año 1972 tomé la decisión de ingresar”, con 17 años, recordó.
Egresado como suboficial de la Fuerza Aérea tras tres años de formación, con especialidad en mecánico de armamento, su primer destino fue la Base Aérea de Villa Reynolds en Villa Mercedes, en el Grupo Técnico 3, que le daba apoyo al avión Pucará.
En San Luis conoció a quien hoy es su esposa y madre de sus hijos. Juntos, en 1977 todos se mudaron a su nuevo destino en Reconquista, donde permaneció hasta el año 1986, cuando pidió la baja por las secuelas que le dejó la guerra.
Estando en Santa Fe, tras la noticia de la recuperación de las islas, fue embarcado en un avión Hércules hacia el archipiélago, a donde arribó entre el 9 y 10 de abril. “Apenas bajé en el aeropuerto, lo primero que miré fue el mástil, porque para mí siempre fue un sueño poder ver la Bandera Argentina en Malvinas. Fue una emoción muy grande. Compañeros me preguntaban por su familia, porque yo vivía en un barrio donde todos éramos vecinos, y, bueno, así fue mi arribo: era todo alegría, todo fiesta, y me pareció un sueño, un sueño que había tenido de niño chico porque en la escuela me habían enseñado que las Malvinas eran nuestras”, afirmó.
Su función fue acomodar los aviones, la pista y el armamento para el conflicto inminente, que se desató el 1º de mayo con los primeros bombardeos enemigos. Tras pasar 50 días en las islas, el 30 de mayo le permitieron regresar al continente porque su hijo mayor estaba internado y porque la totalidad de los aviones Pucará habían sido o bien derribados o quedado fuera de operatividad.
En esas semanas previas, sus sentimientos fueron mutando. “Lo mío fue una emoción tremenda. De llegar a las lágrimas al ver la enseña patria en el mástil de Malvinas, de cantar allí el Himno y la Marcha de San Lorenzo. Era algo emocionante y me hacía sentir muy patriota, más argentino. Pero a medida que empezó el combate las emociones entraron a cambiar de emoción a miedo” de no volver a ver a sus hijos, uno de ellos con problemas médicos.
“Si bien uno siente mucho orgullo porque está defendiendo a la Patria, porque lo que me enseñaron en la Fuerza Aérea era defenderla hasta perder la vida, por lo que también juré defender la bandera hasta perder la vida, el estrés era mucho. Muchas veces le pedí a Dios que me pusiera rápido frente al enemigo y que se terminara. Que él me matara o que yo a él, pero que terminara rápido”, explicó, y recordó que fue en uno de esos momentos en el que se topó con la carta de su hijo Martín. “La carta de mi hijo eran cuatro o cinco palabras que me hicieron cambiar totalmente. Esa carta me llenó de valor, de energía y de volver a recuperar la confianza que había perdido en el combate”, destacó.
El 25 de mayo de 1982, Orellano fue autorizado a volver al continente, algo que se concretó cinco días después. Al llegar a Reconquista, con el uniforme puesto y 20 kilos menos, halló su casa vacía, por lo que decidió ir hasta la escuela de Martín, que cursaba primer grado. La maestra lo hizo pasar al aula, y él rompió en llanto al contar lo importante que había sido el aliento de todos esos niños estando en aquel distante destino. Lo abrazaron, y fue el mejor recibimiento que pudo haber tenido.
Por más de 20 años el suboficial guardó sus vivencias en silencio, pero en 1987, de regreso en San Luis y con el apoyo de su mujer, sus padres y familiares “pude contarlas y dar las charlas que ahora se han incorporado, o se han masificado, bajo el término de malvinizar”.
Hoy reposa y se reconforta en los abrazos y muestras de afecto que los estudiantes le dan después de cada exposición en una escuela. “El mensaje que les quiero dejar es que reine la paz, que nunca más haya guerra y que ellos sigan manteniendo el sueño que yo tenía: de que las Malvinas sean argentinas”; “Mi historia es mi legado”, cerró.