Llegados de otras provincias y diferentes puntos de San Luis, apuestan por sus oficios artesanales.

El humo, los colores y la música dominan la calle principal que conduce hasta el santuario. Para algunos vendedores este año ha sido cuesta arriba por la inflación del país, pero tienen fe.

“Yo tengo alma de trenzador porque me crié con mi padre haciendo lazos y vendiendo en mi pueblo Ojo de Agua, en Santiago del Estero. Esto lo hago hace 40 años”, dice orgulloso Ramón, quien viene hace 18 años a la capital de la fe. “Tenemos nuestra clientela. Trabajamos mucho con los lazos para caballos”, indica en su puesto vistoso por las alpargatas, bombachas y varios productos de talabartería.

Gabriela es de Río IV, Córdoba, y tiene su negocio en El Trapiche. Hace 13 años que viene al Cristo. “Ya tenemos la clientela, tratamos de vender más barato que los otros negocios y traer productos nuevos. Tenemos unos quesos saborizados y la gente ha quedado encantada”, expresa sonriente en su negocio, rodeada por salamines y jamones crudos. El olor a embutidos es un tentación para los que pasan por ahí.

Antonia viene hace cuatro años desde San Expedito, San Juan. “Este año está un poquito quieto, pero estamos esperando la venta. Lo que más se lleva la gente son las canastas”, asegura.

A la vuelta se ubica Gustavo Barranco, quien es de Pampa del Cielo, Chaco, y desde hace más de veinte años que viene. Ante la cantidad de ventas, señala: “Tengo un axioma que es para todos los que tenemos fe: la cuarta parte de algo es mucho más que la mitad de nada”.

Cada 30 de abril, el comerciante festeja su cumpleaños junto al Cristo de la Quebrada y sube al Vía Crucis. Se dedica al cincelado de metales en tarros lecheros, mates, bombillas y vasos, entre otros. Cuenta que aprendió el oficio con su abuelo español y a tallar madera con los mocovíes. “El secreto es ser uno mismo y no ir detrás del marketing”, afirma.