La madrina del Museo de la Poesía, María Kodama, compartió anécdotas y reflexiones sobre el escritor universal. Una relación que comenzó el siglo pasado en un cuento y permanece hoy entre metáforas.

La madrina del Museo de la Poesía, María Kodama, compartió anécdotas y reflexiones sobre Borges.

En el mar y el desierto

De ambos lados, la tumba de Borges en Ginebra, Suiza, con mensajes en anglosajón e islandés tiene referencias marinas. El autor todavía viaja en un barco cuya proa apunta hacia el Este, donde nace el sol, la eternidad.

En su visión de la poesía también hay sal. Dijo que “dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”.

Durante una charla este domingo en el museo, Kodama reveló que lloró con Borges cuando contemplaron la escultura de la Victoria de Samocracia. “Mi padre me dijo que yo tenía que observar en esos pliegues cómo el artista había atrapado la brisa del mar para siempre. Esa era la belleza”, destacó. El memorioso Jorge Luis recordaba con detalle la anécdota familiar.

De visita por San Luis, la presidenta de la Fundación Internacional dijo que trabaja en la restauración de la biblioteca personal de Borges que cuenta con más de dos mil libros. Sin calcular los 1.500 que donó a la Biblioteca Nacional. En su mayoría son obras heredadas de su abuela inglesa, filosofía, ciencia y traducciones. “Compraba siempre nuevas traducciones de determinados autores para compararlas y saber cuál era mejor”, dijo María.

Kodama se emocionó al recordar a su marido. “No partió nada, porque él quedó conmigo”, aseguró con la mirada brillante. Y en dos momentos su voz rompió esa predominante suavidad. Primero cuando le preguntaron si le gustaría presentar su libro de relatos en la provincia. -En vida Jorge Luis le pedía que publicara, pero ella se negaba. Aunque asegura que esta próxima obra y “Homenaje a Borges” surgieron por las presiones de los editores-.

Después, entre fotos y dedicatorias, se maravilló cuando sostuvo por segundos con sus manos de ochenta años, un ejemplar de “Hojoki. Canto a la Vida desde una Choza”. Ella prologó la traducción del clásico de la literatura japonesa del siglo XIII. Esa conexión con sus ancestros orientales es tan fuerte como cuando Borges evoca a su tío bisabuelo, Juan Crisóstomo Lafinur.

“Mi padre me dijo que yo no me creyera nada, porque no era nada. No lo decía para mortificarme o rebajarme sino para entender que yo era un punto en ese enorme infinito que es el universo”, reflexionó.

Cuando estuvo en el desierto al comienzo de este milenio, María experimentó esa mística sensación. “Desde un punto que yo no sabía que existía en mí, sentí que no era nada y eso cambió mi vida para siempre”, decanta.

La paradójica certeza en el poder del vacío además le ayuda para resguardar la memoria borgeana contra viento, marea y espejismos. Las paralelas se tocan.

La viuda de Borges elogió a la provincia.

Sueño luego escribo

María contó que Borges apretaba los párpados para concentrarse. Sin embargo, si las musas no venían se mantenía en calma como Heráclito ante el río.

“Se daba baños de inmersión por las mañanas y entonces allí recordaba los sueños. Después, pensaba si era un poema o un cuento. Entonces cuando él dictaba, yo empezaba a ver que en el aire contaba sílabas, yo ya sabía que iba a dictarme un poema”, dijo quien fue durante varios años los ojos del maestro.

La relación se remonta a la infancia o, tal vez a otras vidas pasadas, como le gustaba imaginar al creador de “El Aleph”. A los diez, Kodama leyó por primera vez el cuento “Las ruinas circulares”. “Quedé tan presa que hasta el día de hoy si saliera una ley que uno tiene que destruir la obra de todos los autores salvado una pieza yo salvo ésa”, subrayó.

“La Fundación la compré por casualidad porque yo quería ver el jardín donde él había escrito mi cuento preferido”, expresó María que continúa dando conferencias.

Además, recuerda palabra por palabra otra confesión. “En la casa de la calle Anchorena escribí el cuento en una semana. Durante esa semana yo iba al cine, comía con mis amigos, caminaba, pero lo único que quería era volver a esa casa porque nunca, ni antes, ni después pude escribir algo con esa intensidad”, citó del genial narrador que visitó San Luis en el 76´.

Kodama manifestó que admira la ética de Borges. “El periodismo hacia imaginar que él había ido a ver a Pinochet; y no, era el protocolo y la obligación”, se defendió en referencia a la interminable polémica por el Premio Nobel que nunca recibió el argentino.

En La Carolina, al pie del cerro Tomolasta, frente a un antiguo lavadero minero, Kodama, se aferra a las metáforas para conjurar lo dispar y laberíntico, luego de 31 años sin Borges: “Me gusta el desierto y el mar porque los dos son cambiantes e infinitos.”

 

Nota: Matías Gómez.

Fotos: Malvina Urquiza.

Video y edición: Guillermo Ramón.