Emulando la frase anónima del 25 de mayo de 1810, los habitantes de la primera ciudad del siglo XXI se congregaron en las inmediaciones del Cabildo puntano para esperar el final de la 3ª etapa de la edición 2016 del Tour de San Luis.

“La Punta quiere saber de qué se trata”.

“La Punta quiere saber de qué se trata”.

No era mayo sino enero. No estaba lloviendo pero sí había paraguas para resguardarse del sol y sus impiadosos 37°C que marcaba el termómetro en horas en las que, para quien no disfrutaba del verano en alguna piscina o la vera de los numerosos ríos que ofrece como alternativa la provincia, se terminaba de redondear una siesta como lo impone la ortodoxia de nuestra idiosincrasia.

Pero el Tour de San Luis también pasó a ser parte de la cultura sanluiseña y tras diez años de realización marcó una impronta y forma parte de la Puntanidad.

Fotógrafos y camarógrafos desafían la gravedad, columpiándose en tal o cual arbusto, buscando la instantánea que recorra el mundo, aquella imagen que sorprenda al ojo del espectador al otro lado de la pantalla. Se comprende pues es su trabajo. Pero “el corazón tiene razones que la razón desconoce”, dijo Blas Pascal, y habrá que tomar esta frase como postulado para justificar los sentimientos que el Tour genera en el público y darle la derecha al matemático, filósofo y teólogo francés del siglo XVII.

El Escuela de Samba "Sierras del Carnaval" estuvo presente en La Punta.

La Escuela de Samba “Sierras del Carnaval” estuvo presente en La Punta.

Sólo así se entiende la actitud desafiante de una familia trepando el Monumento al Ciclista ante un Febo implacable para obtener “platea preferencial” (así arengaba a los suyos el padre a su mujer e hijos) al paso del pelotón en Los Puquios rumbo a El Durazno. “Vamos, así los recibimos en El Trapiche”, dijeron antes de subir al auto y partir raudamente. Se intuye quizás un pasado frustrado en dos ruedas del jefe de familia en cuestión por la cara de la señora que miró a quien suscribe con resignación socrática.

Otro aficionado paró desesperado y bajó de su vehículo; se presumía una urgencia fisiológica. Abrió el baúl, sacó una bandera que hacía referencia al equipo continental puntano y a una emisora radial. El apuro era por llegar antes que la caravana y que fuera nombrado al éter como finalmente sucedió. “El hombre está dispuesto siempre a negar todo aquello que no comprende”, me susurró Pascal al oído para satisfacer mi entendimiento.

Camino a la ciudad de La Punta, lugar de finalización de la tercera etapa, los controles policiales y de la organización mantenían su postura estoica, haciendo caso omiso a las condiciones climáticas. En cada puesto, un grupo de personas acompañaban pero ellos esperaban el paso de los pedalistas para registrar en sus retinas esa sensación única que genera la carrera más importante de América. Los primeros cumplían con su deber, los otros con los designios de sus corazones.

Vittorio Brumotti, deleitó a la gente con sus acrobacias.

Vittorio Brumotti deleitó a la gente con sus acrobacias.

En la llegada no estaban French y Beruti repartiendo cintas celestes y blancas pero había muchas banderas argentinas flameando, que aguardaban a los pedalistas nacionales, diseminados en los principales planteles que participan de la competencia. Una muchedumbre cosmopolita (había colombianos, españoles, uruguayos, identificables con ropas de sus países) se agolpó sobre la meta para ver llegar, en la vanguardia en soledad, al holandés Peter Konig.

En las inmediaciones del Cabildo, los habitantes de la primera ciudad del siglo XXI se mezclaron con la troupe que genera a su alrededor el Tour de San Luis. Tal como hace 206 años aunque en otro lugar del país, “el pueblo quería saber de qué se trataba”. No llovía como en antaño pero el cielo se nubló a la hora de la premiación como un guiño hacia la historia.

 

Nota: Adolfo González.

Fotos: Luciano Grangetto.

Corrección: Mariano Pennisi.