MALVINAS, EL LEGADO

“Malvinizar es decirles a los chicos que estudien para que no sea en vano lo que quedó en las Islas”


Así lo expresó Carlos Cuatrín, veterano de la Guerra de Malvinas, quien recordó su experiencia en las Islas, las dificultades que atravesó durante el conflicto y las marcas que dejó la posguerra. También reflexionó sobre la importancia de transmitir sus vivencias a las nuevas generaciones y mantener viva la memoria de quienes combatieron.

Carlos Cuatrín, veterano de la Guerra de Malvinas.

Carlos Alberto Cuatrín tenía 19 años cuando llegó a las Islas Malvinas en 1982. Era suboficial del Ejército Argentino y estaba destinado al Regimiento de Infantería Mecanizado N°6, con asiento en Mercedes, provincia de Buenos Aires. Hasta entonces, su vida transcurría entre la instrucción militar y sus primeros años de carrera.

Sin embargo, la guerra cambió todo. “Cuando nos llevaron, nosotros íbamos a ir a zona sur, a Colonia Sarmiento. Pero en el vuelo llegó una contraorden y aparecimos en Puerto Argentino”, contó. Llegó de noche, en medio de la oscuridad y la incertidumbre.

Sin saber con precisión dónde se encontraba, pasó su primera noche al aire libre, en el aeropuerto, con apenas un poncho impermeable, una parte de la carpa y una manta para protegerse del clima hostil. “No se podía dormir ahí por el frío que hacía, porque ya estábamos al lado del océano”, recordó.

Durante los primeros 15 días, Cuatrín y sus compañeros estuvieron destinados a custodiar las zonas de radar. Después los trasladaron a primera línea, entre el aeropuerto y Puerto Argentino. “Nosotros tuvimos la suerte o la desgracia, no sé cuál, de que no entramos en combate. Pero soportamos todos los cañonazos, los bombardeos de los barcos y de los aviones que iban a la pista”, expresó.

La lluvia, la ropa mojada, el agotamiento y la escasez de alimentos formaban parte de la rutina. “Nos tocaba a las ocho y media de la mañana, y hasta el otro día, no pasaba de vuelta la comida”, recordó. Como no podían encender fuego para evitar revelar sus posiciones, muchas veces comían las raciones frías.

En medio de esas dificultades, los recuerdos de sus seres queridos se volvieron inevitables. “Ahí aprendés a valorar a tu familia”, afirmó con la voz quebrada. Las palabras de su madre, las costumbres de su casa y hasta aquellos alimentos que alguna vez había rechazado adquirieron otro significado.

Como suboficial, tenía diez soldados a su cargo. Sabía que debía mantenerse firme para acompañarlos, aunque él también sintiera miedo. “Si vos flaqueás, ¿Qué queda para ellos?”, reflexionó. Con el paso de los días, las jerarquías quedaron en segundo plano y el compañerismo se convirtió en un sostén para atravesar la guerra. “Ya no sos amigo, ni sos superior a ellos; sos un hermano”, expresó.

Entre las imágenes que todavía conserva están la de un soldado que pisó una mina y la de los integrantes de una posición de radar alcanzada por un ataque. También recuerda los bombardeos del 1° de mayo, cuando comprendió que debía prepararse para defender su vida y la de quienes tenía cerca. “Desgraciadamente, te concientizás: o matás o te matan”, comentó.

La última noche, agotado y bajo la lluvia, se quedó dormido en su posición, junto a una tanqueta. Al despertar, escuchó las voces de soldados ingleses a pocos metros. Llevaba varios días sin descansar y apenas podía comprender lo que ocurría a su alrededor.

El regreso al continente tampoco fue sencillo. Cuatrín volvió a bordo del buque hospital ‘Bahía Paraíso’ y pasó por distintos puntos de la Patagonia antes de llegar a Buenos Aires. Allí permaneció cuatro días en una escuela, ya que según los informes, Carlos estaba muerto. “Menos mal que no le dijeron a mi familia”, dijo. 

Al llegar a Entre Ríos, con su uniforme y una mochila vacía, comenzó a recuperar la vida que dejó antes de partir. “Cuando llegué a mi casa, casi se me murió mi vieja”, recordó entre lágrimas.

Cuatrín retomó su carrera en el Ejército, donde completó 35 años de servicio. Sin embargo, las marcas de la guerra continuaron presentes. Durante mucho tiempo le costó compartir sus recuerdos. “Siempre fui callado, no me gustaba hablar de esto. Hace muy poco que empecé”, contó. Junto a su cuñado, también veterano de Malvinas, pudo comenzar a poner en palabras aquellas experiencias.

A su vez, Cuatrín reclamó una revisión médica integral y una respuesta de la sanidad militar y de la obra social. Consideró que el reconocimiento a los veteranos también debe expresarse en el cuidado de su salud y en el acompañamiento a sus familias.

Para él, hablar de Malvinas significa transmitir las experiencias adquiridas durante la guerra para que las nuevas generaciones puedan aprender de ellas. No busca quedarse únicamente con los episodios más duros, sino compartir el valor de la familia, el respeto y la solidaridad. “Lo tomo más como contar experiencias que uno adquirió ahí, enseñárselas a otros para que el día de mañana, Dios quiera, nunca lo necesite”, explicó.

También insistió en la necesidad de estudiar la historia y conocer más sobre las Islas. Recordó que él mismo llegó a Malvinas sin saber con precisión dónde estaba y consideró que la educación es fundamental para fortalecer la memoria colectiva. Su mensaje final resume el sentido que le da a la tarea de transmitir su historia: “Para mí, malvinizar es decirles a los chicos que estudien para que no sea en vano lo que quedó en las Islas. Nada más”.



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