MALVINAS, EL LEGADO
“Mi legado es enseñar o mostrar que lo mucho o poco que he hecho, es mi orgullo”
A pesar de que forma parte activa de la asociación y Museo de Malvinas ‘Eduardo Guzmán’ de Villa Mercedes, Oscar Gómez nunca compartió en público sus vivencias durante la guerra. Quiso hacerlo por primera vez ante los periodistas y cámaras de ANSL.

A los 11 años, Oscar Alberto Gómez perdió a su padre, un militar de carrera que por entonces estaba asignado a la Base Naval Integrada en Ushuaia. La pérdida motivó que su familia se mudara de Río Grande a su Córdoba natal donde, a los 17 años, comenzó a informarse para ingresar a la Armada Argentina impulsado por ese legado paterno.
“Me comuniqué, busqué todas las instrucciones, hice lo que tenía que hacer para ingresar a una institución, cualquiera de ellas. Uno tiene que prepararse, hacer un curso, y yo a los 18 años ya lo había hecho. Ese mismo año me dieron la aprobación para ingresar a las Fuerzas Armadas, y como en mi caso pedí la Marina, el ingreso fue a través de la Escuela Mecánica de la Armada, a la que ingresé el 1° de enero del año 79”, recuerda.
A pesar de que sabía lo que era la vida militar, los primeros dos meses de instrucción, el Período Selectivo Preliminar (PSP), no le fue fácil.
“Es lo que se denomina ‘el filtro’. No recuerdo cuántos entramos, pueden ser 20.000, 30.000 por año, y después del PSP los que quedan son mucho menos. A partir de ahí merma la dureza, la rigidez, la disciplina y uno se encamina. Hay escuelas, aulas, profesores. En aquella época no se exigía demasiado, simplemente un ciclo básico para ingresar. Pero ya a partir del tercer mes, me las banqué porque sabía que la vida era difícil, pero bueno, era lo que esperaba”, cuenta.
Tras la formación inicial la Armada ofrecía elegir tres especializaciones de entre las que había. En primer lugar, Gómez eligió enfermería, como su padre, pero los estudios preliminares descartaron sus opciones y le asignaron seguir la especialización de operador. “Era aprender navegación, cómo navegar con carta, con todos los sistemas de navegación, usar radares, ser operador de radar y comunicaciones, hablar por radio, enviar y recibir mensajes. Una especialidad que es prácticamente única para operar dentro de un buque de guerra”.
Tras un año de preparación en la Escuela de Mecánica de la Armada fue destinado, aún como alumno, a la Base Naval Puerto Belgrano, en Punta Alta, provincia de Buenos Aires. En dos años egresó, con muy buenas calificaciones, como cabo segundo asignado al portaaviones ARA ‘Veinticinco de Mayo’. “Era casi un trabajo de oficina, salvo por las semanas que tenías que estar navegando. A bordo del barco eras un empleado, no tenías tiempo, el necesario para descansar, pero tenías tus horarios para comer y de guardia. Cumplías un rol de acuerdo a tu especialidad y el mío, cuando salía un avión del buque, automáticamente era ir a cubrir mi guardia en el cuarto de operaciones en combate”; “Era eso: trabajar, cubrir tu guardia, dormir lo que pueda dormir y comer”, relata.
Los últimos días de marzo de 1982 fueron normales salvo porque el ejercicio de navegación previsto para fin de mes se pospuso tres veces. Finalmente, zarparon el día 28 sin fecha de regreso. Tras unos días en altamar, la madrugada del 2 de abril, a través de los altoparlantes del navío, un superior les informó que Argentina había recuperado las Islas Malvinas y que desde ese momento estaban en situación de combate. “Yo estaba con los ojos así (y hace una seña en sus cavidades oculares), no entendíamos nada. Que te cuenten algo así y vos con la rutina….. bueno, fue darnos la mano, abrazarnos entre nosotros aunque no entendíamos por qué se había dado eso. Lo entendimos después cuando empezamos a tener más noticias”.
“No hay forma de definirlo. Quizás fue algo que ni siquiera sospechaba que podía pasar, porque digamos la verdad: éramos militares que estábamos ahí y lo supimos apenas horas antes que la población civil, que el resto del país. Fue una mezcla de todo ¿no? Porque qué voy a decir, al tomar las Islas Malvinas ya automáticamente te ponen la cabeza que atrás vienen las balas, viene la guerra”, agrega.
Gómez asegura que nunca se cuestionó el estar ahí en ese momento de la historia, a la vez que confiesa que el suyo era “un puesto privilegiado se puede decir, porque estábamos a la par, estábamos en contacto con el Comandante. Éramos nosotros quien le dábamos las instrucciones, lo que estaba pasando alrededor, el movimiento, estábamos al tanto de todo”.
Luego de la Operación Rosario, en la que Argentina hizo su pabellón en las islas, el portaaviones regresó al continente por provisiones y luego se reincorporó a la Flota de Mar.
El 1º de mayo, con la flota británica arribando a la zona de conflicto, al ARA ‘Veinticinco de Mayo’ le llegó la orden de atacar a los portaaviones enemigos con tres aviones cazas de bombarderos, pero sucedió algo inédito, que otros veteranos ya comentaron en sus relatos.
“Se dio una cosa increíble, estamos hablando del mar, el sur, que es un mar muy tempestuoso. Era muy difícil que no se dieran las condiciones necesarias que requiere un portaaviones para poder lanzar aviones de combate, que básicamente son de velocidad, de mucha velocidad, y poner todo al viento, de frente. Sin esas dos condiciones, a pesar de que los aviones son lanzados por catapultas, no logran levantar vuelos. Pero ese día no había viento, el mar estaba como aceite”, lo que obligó a abortar la misión tras ser descubiertos por radares ingleses, cuenta. Al día siguiente, con la noticia del hundimiento del ARA ‘General Belgrano’, “entramos en razón de dónde estábamos y qué podía pasar”.
En ese cruento suceso, Gómez perdió a dos amigos, pero lo que caló hondo en su ser fue ver las reacciones de compañeros y superiores ante la presión de saberse un blanco prioritario del enemigo.
“No sé si yo tenía 21 años en ese momento, pero uno es un poco inconsciente, ¿no? Jamás tuve miedo o pánico, pero lo que yo vi a bordo fue lo que más me marcó. Ver gente a la que uno, antes de la guerra, lo tenía como oficial y pasándole al lado lo veías con la cabeza hacia adelante”; “Porque hay gente que tiene pánico, gente que está hablando de lo que estoy haciendo y gente que está llorando. Eso fue lo que me marcó. Yo tenía vocación, me encantaba la carrera, me gustaba lo que hacía. Pero me cayó tan mal la reacción de mucha gente, con la estima que yo tenía, que dos años después me fui de la base, pasé a otro barco nuevo y me fui”, recuerda.
Si bien tuvo la opción de ascender de grado y continuar su carrera militar, finalmente se fue de baja en 1986: “En fin, ahí hice mi vida”.
En ese momento estaba de novio con una joven de Punta Alta, con quien se casó antes de decidir mudarse a Villa Mercedes. La razón fue que su hermana y su cuñado, que ya estaban radicados en San Luis, le prometieron conseguir empleo en el entonces apogeo de la actividad fabril en la provincia. Y no mintieron: “Tenía trabajo, alquilé, y en fin, así arrancamos y nunca más me fui. Tengo cuatro hijos nacidos acá en Villa Mercedes, y lamentablemente tres están viviendo en España”.
Gómez es consciente de que existen veteranos que hasta hoy guardan su historia para sí y otros que la compartieron desde el momento en el que volvieron de la guerra.
Ante la pregunta de su opinión sobre el concepto de malvinizar, contestó: “¿Malvinizar por qué? No por nosotros, para que nos hagan fotos. Malvinizar es por todos los muchachos que murieron por esto, porque hay que tener en cuenta que no son víctimas… En fin, yo no me meto en eso, si era un conflicto, si era militar, si estaba obligado o no. Éramos todos argentinos y teníamos una bandera, así que fue una decisión. Por ahí no quisiste ir, te obligaron, pero estoy seguro de que si vos fuiste, hiciste lo que hiciste, no importa dónde, y volviste, estabas orgulloso de haberlo hecho. Estoy seguro de eso”.
“Malvinizar hoy es para los chicos, porque los chicos hoy hablan de Malvinas. La mayoría no sabe dónde están ni quiénes son, pero hablan de Malvinas y saben de Malvinas porque se lo comentan, y lograremos que no se olviden de los que murieron, de los que sufrieron muchísimas victorias insoportables, de gente que no murió pero que tuvo su vida arruinada. Malvinizar es eso”.
“Mi legado es enseñar o mostrarle, que lo mucho o poco que he hecho, que lo que me tocó hacer, es todo mi orgullo, independientemente de mi familia. Los amo por supuesto, mi familia es todo, pero para quién es: para los chicos jóvenes, de todas las edades, para que sepan realmente lo que pasó, y siempre les digo, ‘Chicos, no se queden con las dudas, investiguen qué pasó, porque la guerra de Malvinas es individual para cada uno que la vivió. Mi legado es eso. Lo que yo hice, lo que yo sentí, lo que yo tenía asignado para hacer”.
