MALVINAS, EL LEGADO

“Malvinas es parte de nuestra tierra y nosotros somos parte de Malvinas”


El veterano Miguel Jerónimo Brito tuvo tres oportunidades para no viajar al frente de batalla, pero lo hizo para “salvar” a otros soldados. Tras regresar a su Villa Larca natal, se aferra a la idea de que malvinizar es el mejor legado para su familia y la sociedad.

Oriundo de Villa Larca, hace años que Brito volvió a su terruño, donde vive casi al pie de las sierras.

Miguel Jerónimo Brito nació en una casa campo adentro en Villa Larca, pero de niño su familia migró a Buenos Aires en busca de mejores oportunidades. Creció en un típico barrio de La Matanza, hasta que, a los 18 años, salió sorteado para hacer el servicio militar obligatorio. “Se salvaban hasta el 350 y a mí me tocó el número 363, así que por 13 números fui a la cabeza de ese gato, como dicen en la colimba”.

El veterano comenzó su entrenamiento el 20 de marzo de 1982 en un vivac en el Instituto de Formación Ezeiza, apenas dos semanas antes de la recuperación de las Islas Malvinas, adonde arribó el 11 de abril, con lo poco que había aprendido.

De su instrucción, recuerda que eran 180 soldados conscriptos, que 30 de ellos eran hijos de militares o de gente pudiente y que varios del resto eran “nenes de mamá” que lloraban por las noches por estar lejos de su familia. “Nosotros, que la mayoría éramos gente humilde, no le teníamos miedo al movimiento vivo y esas tonterías”, recuerda.

El 2 de abril, oficiales y suboficiales del campamento comenzaron a vitorear porque Argentina había tomado las islas, que por su educación de niño, Brito las recordaba como las “hermanas perdidas”. “No sabíamos si íbamos a ir a combate en ese momento, pero teníamos que estar acuartelados. Pensábamos que no, porque era muy poco tiempo de instrucción. En el caso mío, había tirado tres veces con un FAL, nunca tiré con una pistola y no sabía lo que era una granada. Tanto así que cuando subimos al avión, vi una pelotita redonda en el cinturón del cabo y le pregunté qué era”.

Cuatro días después, el veterano y sus compañeros fueron movilizados al Regimiento 3 de La Tablada, a la compañía 6, donde finalmente les informaron que iban a viajar a defender las islas. “Nunca me olvido que el regimiento tenía unas galerías largas y que estábamos sentados de 3 en 3. De los 180 quedamos 150: los 30, otros, que eran hijos de oficiales, no iban al frente. La realidad es esa”.

Los superiores les ordenaron cambiarse la ropa de entrenamiento por el uniforme verde olivo de combate. Lo dotaron de un rifle FAL y le asignaron el puesto de Tirador 1, pero transcurridas unas horas, un oficial principal le ordenó cederle todo a otro soldado que era clase 62 y era mejor tirador que él. Esa fue su primera oportunidad de no ir a la guerra, pero su personalidad era otra.

“Había unos soldados llorando. Uno me dijo que tenía a la novia embarazada y no quería ir. ‘¿Qué puesto tenés?’, le pregunté: ‘Tirador siete’ me dijo, así que le pedí todo, me cambié y me puse la verde y me dieron una ametralladora, de las que se ven en las películas, de la Segunda Guerra Mundial, una porquería, pero bueno, era lo que había”, recuerda.

Otra vez, su superior lo encontró deambulando en el predio y le ordenó darle sus cosas a otro soldado y, de nuevo, Brito encontró a otro compañero desconsolado por evitar el conflicto bélico. Cuando quisieron sacarle su uniforme una tercera vez, no dudó y le dijo a su superior: “‘Hay tantos maricones que están llorando ahí, ¿por qué no le saca la ropa a otro?’ Él se dio vuelta y era cierto: había muchos llorando. Entonces el principal me dice, ‘tómeselas de acá, Brito. No lo quiero ni ver o lo agarro a patadas en el trasero’”.

Sobre qué lo motivó a insistir tanto en salvar a otros, el veterano reflexionó: “Íbamos a enfrentar al mejor ejército del mundo, ‘de esta no salimos, no volvemos, y está bien’, la realidad era esa, y cuando veía a los otros llorando había dos cosas: que fuera él o yo daba los mismo. Me enseñaron de chiquito en la escuela que ése era nuestro territorio, de eso te estoy hablando. Aprendimos a leer y en tercer grado ya estábamos estudiando sobre Malvinas, que siempre fue territorio argentino. Íbamos a defender lo nuestro, no de paseo. Sabíamos a lo que íbamos, yo lo sabía perfectamente, que había poca posibilidad de volver, pero alguien tenía que hacerlo… alguien tenía que hacerlo”.

Su madre, que había estado de viaje en San Luis volvió de inmediato a Buenos Aires y, desde el alambrado del predio, lo hizo llamar con un compañero. “La vieja me acuerdo que me dijo ‘¿necesitas algo?’, ‘cigarros’, dije, y la pareja de mi mamá cruzó enfrente y me trajo tres paquetes de cigarrillos, un paquete de tabaco y dos papelillos. Mi mamá me había traído de San Luis un poco de queso que le había dado mi tía y unas tabletas que me había hecho mi otra tía: una tapa de masa, dulce en el medio, creo que de zapallo, otra tapa más y al horno. Estaba riquísimo. Y me fui a Malvinas esa noche, con mi vieja llorando, pero me había tocado”.

Desde el Regimiento 3 fueron movilizados a Campo de Mayo en El Palomar en camiones y micros. Allí subieron a un avión de línea hasta Río Gallegos y en ese lugar abordaron otro directo a las islas, con apenas un plato de polenta en la panza.

El Malvinas lo recibió una noche cerrada con vientos helados; luego llegó la lluvia. Al tercer día de incursión, el grupo tomó posición entre Sapper Hill y Monte William, donde cavaron trincheras y un pozo tipo herradura para la ametralladora MAG, del que Brito era auxiliar.

El 1° de mayo, ‘Fogonazo’, como llamaban al fotógrafo que los acompañaba, subió a una piedra y dijo que los tres puntos que se veían en altamar eran barcos ingleses. Desde ese día, sufrieron bombardeos y fuego enemigo constante. “No había vuelta atrás. Ese día, 1° de mayo, vi combatir a las fuerzas argentinas, una cosa que no te vas a olvidar nunca, ver los aviones pasar entre medio de las balas”.

Hasta el final del conflicto, los días transcurrían entre el hambre, las rocas, el agua que brotaba de la tierra y las charlas con compañeros, que giraban en torno a las municiones y a lo que harían cuando regresaran a sus hogares.

Otro soldado, del que solo recuerda el apellido, Soria, le contó que cuando llegara a su casa iba a preparar un postre en una lata de dulce de batata, como lo hacían sus padres, que eran panaderos. Nunca llegó a concretarlo, porque murió en batalla. “Fue algo… un golpe bajo. Me llevó siete años recuperarme. Soria me visitaba dos o tres veces. Gracias a Dios, con mi vieja y mi señora pude salir adelante, tuve mucha ayuda”.

El día del cese al fuego sus superiores les ordenaron replegarse hacia la zona del aeropuerto con lo que pudieran cargar, sin decirles del final del conflicto. Y cuando les ordenaron deponer las armas, lo inundó una profunda angustia. “Después de todo lo que habíamos pasado, rendirse no era una opción para nosotros”; “Y bueno, te gustara o no era una orden. Pero, ¿después de hacer tantos sacrificios? De aguantar ataques aéreos, de la muerte de soldados, del hambre y del frío… ¿Y para qué?”.

Tras pasar algunos días como prisionero, y de ver galpones llenos de comida que nunca había llegado a las trincheras, el veterano fue embarcado en el buque ‘SS Canberra’ y trasladado a Puerto Madryn. Como muchos otros excombatientes, dijo que el enemigo los trató con honor.

De vuelta a El Palomar pasó por una revisión en el hospital de Campo de Mayo. Recuerda patente tres cosas: el sandwich que le dieron de comer, haber arrancado los diarios con los que su superiores habían cubierto los colectivos en los que eran trasladados y su primera ducha en casi tres meses, con agua tibia que, por el frío que habían pasado en las islas, parecía quemarles la piel.

“Cuando volví de Malvinas me llevó un tiempo hablar. Antes, era comerme todo el veneno que tenías dentro, que estaba conmigo. Empecé a hablar porque mi mamá me ayudó mucho, mi hermano y mi señora también. Después me encontré con un grupo de veteranos de Malvinas y empezamos a formar un centro de veteranos. Estoy hablando de la época de Alfonsín. Ahí fue sacar el tema y contarlo”, dice.

Brito volvió a su terruño en Villa Larca junto a su familia y nunca más se marchó. Hoy vive en una casa que está casi al pie de las sierras, junto a su esposa. Al momento de la entrevista, su hijo tiene 40 años y su nieto está por cumplir 21.

“A los dos les enseñé el valor de la tierra. Que Malvinas es nuestra. Me jubilé en una escuela y siempre les dije a los chicos que un ser humano, sin tierra, no es nada. Que Malvinas es parte de nuestra tierra, parte nuestra, y que nosotros somos parte de Malvinas. No existimos si no tenemos la tierra. Entonces hay que cuidar nuestra tierra. Y las islas, que hoy están en manos inglesas, siguen siendo nuestras. Es un sentimiento que me enseñaron en tercer grado, a los 9 años. ¿Cómo no lo voy a sentir ahora después de vivir lo que viví? Aquel que no tenga ese sentimiento no lo puede entender”.

Su forma de malvinizar y su legado se mezclan en eso, contarle a su familia todo lo bueno, lo malo y las miserias de la guerra. “El valor de lo que significa la Celeste y Blanca. Desde la Quiaca a Ushuaia, de Malvinas al Continente Antártico. Todo, completo. He dado a entender que la Patria es lo más importante”; “Sin Dios no tengo fe, sin Patria no tengo familia. O sea que para mí lo es todo, y ese legado se lo he dedicado a mi hijo y a mi nieto”.



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