MALVINAS, EL LEGADO
“El Belgrano se hundió en 40 o 45 minutos, no pudimos hacer nada más que saltar a una balsa”
Carlos Calvo, sobreviviente del bombardeo inglés sobre el crucero argentino, retrata los horrores de la guerra del Atlántico Sur. Pasó dos días a la deriva en una balsa con compañeros, vientos de 80 kilómetros por hora y olas inmensas. “Pasamos cosas feas pero creo que todos los que tuvimos la suerte de volver debemos hacer algo con eso”, expresa el veterano.

Carlos Ángel Calvo nació en Mendoza pero de niño su familia migró a San Juan buscando otras oportunidades. Para 1978, con 16 años, había abandonado sus estudios para trabajar en una panadería, por lo que estaba acostumbrado a las responsabilidades de la vida laboral.
Si bien refiere que desde chico tenía inclinación por la Marina, un conocido de la familia que pertenecía a esa fuerza lo fue preparando y lo ayudó a reunir la documentación para enlistarse. Comenzó su instrucción en la Escuela de Mecánica de la Armada, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, de donde egresó como cabo en 1979.
“Fue un cambio brusco, porque nosotros allá en la provincia estábamos acostumbrados a otra cosa. Llegar a semejante urbe ya era un poco raro, pero con el paso del tiempo uno se va acostumbrando. Los dos primeros meses estuvimos siempre dentro de la escuela y ahí fui haciendo amigos, conocidos. Me acostumbré rápido, porque en mi caso ya había estado trabajando en San Juan desde muy chico, tenía cierto grado de vida con lo que se llama disciplina, levantarse temprano digamos”, recuerda.
Durante dos meses hizo el Período Selectivo Preliminar (PSP) y luego se formó otros dos años en la especialidad de maquinista. En el transcurso, terminó sus estudios secundarios dentro de la base y, ya egresado, en 1981 “el primer destino que tuve fue la Fragata Libertad”.
Marzo de 1982 lo encontró participando de maniobras en los puertos en los que se movía la fragata (Necochea, Mar del Plata y otros de la Costa Atlántica). “Cuando tomaron las Malvinas tuvieron que sacar gente de todas las unidades para reforzar Puerto Belgrano, las unidades de superficie. Fuimos 17 personas de la Fragata Libertad”, señala Calvo. Tres no regresaron, cuenta.
Los movilizaron en tren hasta la Base Naval Puerto Belgrano, donde les informaron su destino a bordo del Crucero ARA ‘General Belgrano’. El 16 de abril, tras algunas reparaciones, zarparon hacia Isla de los Estados, donde navegaron hasta atracar en la Base Naval Ushuaia. “Éramos una dotación fija de 650 hombres y llegamos a 1.093 con los refuerzos. Cuando uno está navegando tiene que cubrir guardia 6 por 6 y está todo el día haciendo guardia: 6 horas de descanso, 6 horas de guardia, 6 horas de descanso y así”, detalla.
A bordo, Calvo señala que pertenecía al equipo de talleres. “Cada uno tenía un rol: trabajar en cerrajería, plomería, porque el barco es como una casa, tiene todas sus cosas. Para ese momento ya sabíamos que la fuerza británica había zarpado de Inglaterra y que en el lapso de 14 ó 15 días iban a estar ahí. Y así fue. Yo ya estaba acostumbrado, no quiero decir con esto que no haya tenido miedo, fue bastante complicado el tema, pero creo que dentro de todo lo llevé bien”.
Finalmente, el horror de la guerra los alcanzó. “El 2 de mayo, que fue un día domingo, habíamos hecho una incursión dentro de la zona de exclusión. El objetivo era divisar naves enemigas y atacarlas, porque el Crucero Belgrano tenía un buen poder de fuego, era bastante temido, por algo dieron la orden de hundirlo”.
“Salimos más o menos a las 10:00. Estábamos navegando a 50 millas de la zona de exclusión impuesta por ellos mismos. En un momento salí a la puerta principal y veo que los dos cruceros que teníamos de escolta iban por la banda de estribor, la banda derecha. Dije, ‘qué raro’, y le pregunté a un amigo. ‘Lo que pasa es que de esa banda tenemos la zona de exclusión’, (contestó), pero el tema fue que nos atacaron por el otro lado, fuera de la zona de exclusión, por eso recibimos el torpedo de lleno, Fueron dos torpedos a nosotros y uno al (destructor ARA) Bouchard, que no explotó”, cuenta con detalle el veterano.
El ataque provocó daños irreparables en la sala de máquinas y destruyó la proa. En ese momento Calvo no estaba de guardia. “Si hubiese estado participando en lo que se llama crucero de guerra, hubiera estado en la máquina y ahí fue donde desgraciadamente se perdió la mayor cantidad de hombres. Hoy no estaría contándolo”, asegura.
“Cuando nos pegaron los dos torpedos el barco se empezó a escorar a un grado por minuto. Llegó a 42 grados de escora, ya no tenía vuelta atrás. Salté a una balsa con una remera y un pantalón, nada más. En la balsa en la que yo iba, que era para 20 personas, había gente que estaba en ropa interior. Esos son los que peor la pasaron”, recuerda.
Calvo cuenta que todo sucedió en cuestión de minutos, no dejó tiempo a parar y pensar. “En 40 ó 45 minutos se hundió y no pudimos hacer nada. Nada. Para lo único que hubo tiempo es para saltar a una balsa. Había vientos de 70 u 80 kilómetros por hora y olas de 10 metros de altura. Así estuvimos dos días, 48 horas en la balsa hasta que nos rescataron”, indica.
Con vómitos y sin sensibilidad en las piernas, el aviso ARA ‘Francisco de Gurruchaga’ lo trasladó a él y a otros 365 náufragos de nuevo al continente. En la base de Ushuaia les hicieron un chequeo y, tras un relevamiento, la Marina envió mensajes a todas las provincias con una lista de sobrevivientes. Recién a esa altura la familia del veterano supo dónde había estado. “No quise alarmarlos, así que no le dije ni a mi papá ni a mi mamá que me iba al crucero. Se enteraron por los diarios cuando nos rescataron”, recuerda.
Calvo menciona dos penas. La primera, haber perdido a 323 compañeros; la segunda, el rechazo que le hicieron sentir miembros de la Marina y de otras fuerzas por cómo se había resuelto el conflicto bélico, casi echando la culpa sobre sus hombros de la rendición.
Con 15 días de licencia, el subteniente viajó en avión a San Juan a ver a su familia. Luego se reincorporó a la Base Naval Puerto Belgrano pero pasaron seis meses para que pudiera volver a embarcarse en su querida Fragata Libertad: “Me costó mucho porque cuando salimos a navegar en el año ‘83, yo tenía mi cama pegada al casco, entonces las olas pegaban ahí. Eran noches sin dormir, una cosa fea, pero dije ‘no me puede dominar esto a mí’. Nos agarró un temporal grandísimo, las olas cruzaban por arriba de los palos. Entonces me subí arriba del puente de comando, me agarré de unos pasamanos y estuve seis horas viendo pasar el agua, que me mojaba. Parece que me ayudó porque después empecé a dormir bien y ya disfruté del viaje”.
Calvo se casó en 1984, tuvo cuatro hijos, pasó por varios navíos y destinos hasta su retiro en 2008 y finalmente se radicó en San Luis.
“Hace tiempo que voy a las escuelas para dar charlas. Hemos tenido hasta tres escuelas en un día y este 20 de junio tuve la oportunidad de tomar la promesa de la Bandera a chicos de 4° de la escuela ‘Paula Domínguez de Bazán’, un doble orgullo. Creemos (los veteranos) que hay que seguir malvinizando, siempre, para que los chicos que vienen sepan de alguien como nosotros, que ha estado en el conflicto, que tiene sus vivencias, sus experiencias, que no todo fue color de rosa. Pasamos cosas feas pero bueno, siempre digo que todos aquellos que tuvimos la suerte de volver tenemos que hacer algo por eso”.
“Me siento orgulloso de ser parte del legado, realmente. Con eso y pudiendo malvinizar, estar en las escuelas, para mí ya es un premio”, cerró.
