MALVINAS, EL LEGADO
“Nos dimos cuenta que estábamos en guerra cuando hundieron el crucero Belgrano”
Así lo recuerda Roberto Calderón, veterano de la guerra de Malvinas que nació en San Luis. Con tan solo 15 años comenzó sus estudios en la Escuela de Mecánica de la Armada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en 1982 se recibió de enfermero naval. En su relato asegura: “Mi historia es mi legado”.

Roberto Calderón, el menor de cuatro hermanos, nació en San Luis. En su adolescencia, el mayor de ellos partió a Neuquén y se incorporó a la Gendarmería Nacional; un año después, otro partió a la Marina y él se quedó en tierras puntanas junto a su madre y hermana.
En 1979, con 14 años y trabajando en un aserradero en el barrio Pueblo Nuevo de la capital, decidió seguir los pasos de sus hermanos y se anotó en la Marina. Con 15 años y el curso de ingreso aprobado, partió a comenzar sus estudios en la Escuela de Mecánica de la Armada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
“De acá de San Luis fuimos más o menos 40 chicos y quedamos 15. Después, una vez que pasamos el período selectivo preliminar, te dan opciones para estudiar: elegí mecánico o electricista y me dieron enfermería”, cuenta.
La vida de repente había cambiado fuera de su familia. “Fue muy traumático porque mirás para los costados y estás solo. Me tocó el primer viaje a San Luis después de tres meses, y encontré una ciudad totalmente diferente. Pero no era la ciudad, era yo”, reflexiona.
Pasó los siguientes dos años y medio formándose en una base en Bahía Blanca hasta recibirse de enfermero naval en 1982. “Dentro de todo me adapté bien a la fuerza porque la familia que te rodea son tus compañeros, no hay otra. Tuve la oportunidad de salir de vacaciones y obvio que venía a San Luis. Me quería quedar, pero en ese tiempo la situación no daba”.
Su primer destino fue la Base Aeronaval de Punta Indio, donde pudo poner en práctica lo aprendido. Y allí, durante una guardia en la sala de enfermería, le llegó la orden de que debía incorporarse al buque polar ARA ‘Bahía Paraíso’ junto a medio centenar de otros enfermeros.
Tras tres días de intenso trabajo para adaptar el navío como buque hospital de la Flota de Mar, partieron hacia la Base Naval Ushuaia. “Estábamos amarrados al muelle y un día, a la tarde, nos dieron franco para conocer el pueblo, que en ese momento era muy chico. Fue cuando cayó la orden de que había que rescatar al crucero Belgrano”, recuerda.
“Nos dimos cuenta que estamos en guerra recién cuando llegamos al punto en que habían hundido el crucero Belgrano. Yo tenía un amigo de infancia de acá de San Luis que había ido conmigo y que falleció en el crucero; y otro de la base Punta Indio que sobrevivió”. Cuando llegaron al punto indicado debían turnarse para salir a cubierta, enganchar las balsas con una caña, rescatar a los sobrevivientes y por último hundir los botes. Y tenían que turnarse porque “en cinco minutos ya teníamos las manos negras por el frío. Creo que en un momento hacía 14° bajo cero. Y más con el mar picado” con olas de 10 ó 15 metros, describe.
Durante la entrevista menciona que sus primeras prácticas en Punta Indio eran intervenciones menores, y que lo que vivió el buque hospital fue muy crudo. “Ahí te haces la experiencia de todo. Porque cuando llegó el momento de trabajar en quirófano, de hacer de especialista. La p… madre. Había que alcanzarle el material al instrumentista y no teníamos ni idea. Había que arreglarse con lo que teníamos y con las indicaciones que daban los médicos. La parte teórica, una sola clase o dos clases y listo. Al quirófano”.
Y no solo era una tarea médica, porque los heridos necesitaban de contención psicológica y emocional. “Fue muy feo. Veía pibes de mi edad, yo tenía 18 años, a los que agarraba como una bolsa de papas de veinte kilos. Hacíamos pasamanos como si nada. Estaban muy delgaditos, desnutridos”. “No estábamos amontonados. Cada uno tenía que cumplir un rol. Saber lo que tenía que hacer. Entonces no teníamos tiempo de pensar nada. Llevábamos a los sobrevivientes o fallecidos a una mesa de clasificación, donde se corta la ropa con tijeras de podar porque está todo tan pegado a la piel. Luego se le iba dando calor y vistiéndolo progresivamente. Dándole alimentos. Todo progresivamente”.
Agotadas las posibilidades de rescatar a más personas, regresaron al continente y atracaron en el muelle de Punta Quilla, en Santa Cruz. De allí en más, realizaron varios otros viajes a la zona de conflicto transportando víveres y trayendo heridos al continente. Fue en una de esas misiones en las que pudo encontrarse con su hermano, que estaba en el frente de batalla en Monte Kent. “Estaba muy delgadito, siempre fue delgadito, pero lo vi con todo ese armamento… y estuvimos ahí, que se yo, lo dejaron porque era muy especial que estuvieran dos hermanos y, como quien dice, ‘te despediste’”, pero afortunadamente ambos volvieron.
Cuando concluyó el conflicto, se escapó de su base para viajar a San Luis, pidiendo monedas para poder costear el pasaje. “Llegué a la terminal y me fui caminando hasta la casa de mi viejo en Pueblo Nuevo. Cuando me vieron fue algo muy lindo, supongo que a más de uno le habrá pasado, pero para mí fue algo muy especial. No me olvido nunca. Como yo era el más chico el recibimiento fue el doble digamos”, recuerda, también que pasó varios días de arresto cuando volvió a su base.
Cuando a finales de 1984 su contrato con la Armada terminó, Calderón decidió no renovarlo y comenzar una vida civil en Buenos Aires, donde a pesar de las dificultades iniciales, se desenvolvió con éxito en varias clínicas y centros médicos.
En sus visitas a San Luis la casa paterna les quedó chica, así que con su hermano compraron un terreno en Potrero de los Funes, donde él edificó una casa con su esposa e hija. A mediados de 2010, se instaló definitivamente en San Luis, donde malviniza activamente en escuelas y asociaciones civiles.
“Me gusta mucho. Todo depende con quién vaya. Si voy con gente a la que realmente conozco, la paso re bien. Si no, prefiero ir solo y contar la función que cumplí. No puedo decir más”, y siempre las charlas son adaptadas al público puntual, sobre todo con los más pequeños, dice.
“Con los años me fui asentando y amoldándome yo mismo. Tuve muy buenos médicos, muy buen psicólogo y muy buen psiquiatra que atienden a los veteranos”. “En 2015 volví a Malvinas. En ese momento estaba (Claudio) Poggi, y tuve la suerte de ir de acá a San Luis. Me ayudó mucho, no sé, terminé de cerrar un libro me di cuenta, pero otros veteranos no”. Hoy, “mi historia es mi legado”, asegura.
