Beatriz Suárez, de Pozo Cavado, y Daian Grasser, de Lafinur, son ejemplos de superación. Abren la tranquera, abren una computadora, abren la puerta de la escuela y se abren a una nueva vida.

Beatriz Suárez, de Pozo Cavado, un paraje de 65 habitantes distante a poco más de 30 kilómetros de San Francisco, abraza a su mamá, que le cuidaba a su hija cada tarde que ella se subía al micro para viajar hasta San Francisco y cursar en busca del sueño de terminar la secundaria.

Beatriz cuenta: “Dejé la escuela de muy chica, y después tuve esta oportunidad de poder terminar y acá estoy. Fue complicado porque tuve que hacer mucho esfuerzo, feliz por completar la escuela y ahora poder seguir estudiando y llegar a donde quiera”. Su mamá siente “emoción y orgullo porque es la que pudo seguir estudiando. Felicito de corazón a la Universidad de La Punta, a los profesores y a ella que tuvo la voluntad de seguir adelante”.

Apenas un capítulo de esas hazañas cotidianas, como la de Daian Grasser, de Lafinur, en el Departamento Junín, a quien moverse en silla de ruedas lejos está de paralizarlo. Él es un motor de vida. “Fue algo nuevo, primero porque era virtual, y los profesores muy buenos nos fueron enseñando y capacitando para que pudiéramos terminar”, comentó.

Cuenta que “por la pandemia no pudimos venir el año pasado, pero este año cuando me avisaron los profe, ahí nomás confirmé porque es una experiencia muy linda poder venir acá y disfrutar con todos los compañeros”. Daian cursaba de lunes a viernes de 13:00 a 17:00, pero no se quedaba con eso: “Luego seguía porque tenía una computadora y también con el celular que podía estudiar”.

 

Nota, fotos y video: Prensa ULP.