El boxeador de Villa Mercedes tiene 19 años y es una de las máximas promesas que tiene el deporte de los puños de la provincia.

En guardia. Un parate del entrenamiento.

Tiene 19 años y pesa 59 kilos. Es chiquito. Es un pibe de barrio que la luchó siempre. Es agradecido. Fabricio Bea, a fuerza de golpes, se ganó un lugar en el mundo pugilístico. Tiene hambre de gloria, y ése es el plus extra que posee ante sus adversarios.

Cuando tenía 14 años, su abuelo Oscar le preguntó por qué no probaba con el boxeo. Fabricio lo miró sorprendido. Pero un día pasó cerquita del gimnasio de Lucas Villegas, se acercó, miró de reojo, le gustó. Al otro día le preguntó al profe si podía empezar. Así fueron sus comienzos.

Nadie le regaló nada. Todo le costó mucho, es por eso que trabaja duro en cada entrenamiento para llegar bien a cada pelea.

Está en pareja con Tamara. Fruto de ese amor nació Sair Agustín, que tiene un año y dos meses. Viven en la casa de la mamá de Fabri, que trabaja en una carnicería para ayudar a su hijo, para que pueda estar más tiempo en el gimnasio y concretar su sueño de boxeador profesional. Pero el “Turbo” también se las arregla para hacer changas. “De lo que venga”, dice, “me doy maña; lo importante es colaborar en la casa para que no falte nada”.

Fabricio sobre las cuerdas, en pleno festejo.

A pesar de su corta edad, piensa como un hombre maduro. Será que de niño la pasó difícil, y esto lo llevó a crecer más rápido de la cuenta. “Miro a mi hijo y me inspira mucho amor”, dice Fabri, con la misma seguridad que encara cada combate.

Su ídolo es el “Chino” Maidana, pero su estilo es más parecido al de Brian Castaño. Sus golpes dejan marcas en el rival. A pesar de su corta carrera como profesional –tiene 5 peleas, 4 ganadas por nocaut y una empatada-, es dueño de una gran virtud: pega muy duro y con las dos manos. En este deporte de golpear y no dejarse golpear, el “Turbo” no es el típico noqueador: también boxea.

Habla tranquilo. Pausado. Piensa cada respuesta. De la misma manera que estudia a sus adversarios, se detiene un instante antes de contestar. Se le iluminan los ojos cuando habla de su hijo Sair Agustín. Su señora Tamara lo observa y muestra una sonrisa cómplice. En la casa se respira amor.

Tiene la facha de un pibe despreocupado. Pantalón de gimnasia, cabello corto, tatuaje, sonrisa inminente. Así es de entrecasa, pero en el ring los rivales le temen.  No sabe dónde lo encontrará el destino. Cuándo será su próxima pelea. Le bastará con la compañía de su familia, vaya adonde vaya. Pelee con quien pelee.