Por Analía Nardelli, Lic. en Psicología

Las emociones son una parte esencial en la vida de cualquier persona. Muchas veces no sabemos qué hacer cuando “interfieren” en nuestra vida cotidiana.

Cuando experimentamos una emoción solemos sentirnos sometidos a fuerzas aparentemente ajenas a nuestro control. En este sentido, las emociones son uno de los fenómenos más desconcertantes de la vida cotidiana; por lo cual, no es de extrañar que las consideremos como una molestia o una amenaza. Ahora bien, cuando no nos animamos a experimentar nuestras emociones, nuestra salud y bienestar se pueden ver afectados.

¿Cómo podemos dejar de temer a las emociones y relacionarnos más estrechamente con ellas? ¿Podemos hacernos “amigos” de nuestras emociones y llegar a aceptarlas como una parte integral tan importante como “lo intelectual” u otras partes?

Para todo ello, será necesario dejar de reprimirlas, manipularlas, dar rodeos o defendernos de ellas; simplemente habrá que dejarlas fluir, conectarnos, sentirlas y darnos cuenta de lo que necesitamos.

Nuestra piel, nuestros sentidos y nuestro cerebro son los que permiten que el mundo y los otros sean accesibles y percibidos por cada uno de nosotros, y es producto de esta percepción que surgen nuestras emociones.

En las situaciones cotidianas que vivimos aparecen una amplia gama de sensaciones -las sensaciones son siempre corporales- que muestran los diferentes modos en que cada uno se relaciona con una situación. Al comienzo, dichas sensaciones suelen ser vagas, por ejemplo un nudo en el estómago o una presión en el pecho. Si nos conectamos con ellas, probablemente descubriremos su sentido. Las emociones son diferentes de los sentimientos. Sentimientos como la tristeza, el enojo, la alegría, son emociones más intensas y mejor discriminadas.

Cuando las emociones se convierten en una amenaza

Reflexionemos acerca de un ejemplo: Supongamos que me despierto y me doy cuenta de que estoy triste y que, en lugar de sentir la tristeza y ponerme en contacto con lo que está sucediendo en mi “aquí y ahora”, sólo presto atención a que estar así no me gusta, me molesta y, además, me quita energías para trabajar. Entonces, lo único que quiero es que se me pase para poder seguir haciendo las cosas que tenía planeadas hacer. De este modo, juzgo este sentimiento como “malo” o “molesto” y busco alejarme de él. A su vez, empiezo el día con pensamientos, fantasías e ideas tristes -veo todo gris-, y me encierro en ellos; cada vez me siento peor y hasta llego a sentir emociones depresivas.

Al decir del psicoterapeuta estadounidense John Welwood, caemos en “tramas argumentales” tristes, y cuanto más reflexionamos menos podemos encontrar una salida y nos molestamos con nuestras emociones.

Este ejemplo también permite apreciar que las emociones y sensaciones son muy diferentes de los pensamientos. No todos los pensamientos son “malos”, pero hay que saber usar este instrumento, porque muchas veces usamos el pensamiento para interrumpir el surgimiento de una emoción. Por lo tanto, para descubrir el sentido de nuestras emociones, hay momentos en donde necesitamos “dejar de meter la cabeza”.

Es necesario comprender que reaccionar contra nuestras emociones hace que esa energía que las caracteriza se vuelva contra nosotros mismos e impedimos que puedan ayudarnos a resolver más saludablemente situaciones de la vida diaria.

De este modo, las emociones aparecen para conectarnos con el “aquí y ahora”, y si le damos un espacio para que emerjan seguramente descubriremos muchas más cosas que si las ignoramos o reprimimos. Ellas pueden mostrarnos lo que necesitamos a cada momento.

La habilidad de ver y escuchar un sentimiento

Todos podemos desarrollar la habilidad de ver y escuchar un sentimiento (o emociones, en general). Los sentimientos son la clave de la vida interior y de lo que es significativo para una persona. A su vez, se manifiestan a través del rostro, la voz, los gestos, los ojos y todo lo que se puede observar a partir del cuerpo.

Ahora bien, para poder comprender cabalmente un sentimiento o una emoción, una regla básica es “poner entre paréntesis” mis juicios, creencias, ideas previas y preconceptos hasta que el otro sea quien reconozca de qué sentimiento se trata. Yo puedo pensar que está ahí (lo obvio), pero realmente no lo está hasta que se muestra y el otro lo reconoce. Podemos ir haciendo hipótesis (lo imaginario) hasta que logremos confirmarlas o refutarlas. Pero, ¿cómo sería esto de comprender cabalmente una emoción? Un ejemplo será de mucha utilidad para comprender este proceso:

Un grupo de personas adultas están reunidas en un taller vivencial acerca de “los duelos”. Una persona se halla trabajando la despedida de su padre a través de una técnica terapéutica. De pronto, su rostro empieza a enrojecerse, su voz a entrecortarse y los ojos a humedecerse. La terapeuta que está trabajando con ella le dice: “No intentes retener esa emoción, dejala que salga, veamos qué es lo que hay de importante en esto para usted”. Transcurrido unos minutos, la angustia parece hacerse visible. Hay un cambio en la respiración y se aceleran las palpitaciones del corazón. Una vez más, el terapeuta le dice: “¿Te angustiaste un poco? Pareces estar conteniendo la respiración” El paciente quiebra en llanto.

Una persona que llora se halla ante lo que más le importa en una determinada situación. Las lágrimas son significados que emergen a la superficie. Cuando son liberadas, no debemos temer que inunden el mundo y se prolonguen por siempre. En realidad, constituyen una valiosa oportunidad para descubrir lo que es importante para un individuo.

Proceder de este modo con las emociones en general y en contextos no necesariamente terapéuticos, suele resultar muy saludable. Lo que sucede es que a veces, en la vida cotidiana, las emociones asustan y suelen hacer sentir incómodos o inseguros a quienes están acompañando a alguien que se emociona. Al respecto, el psicólogo y especialista Van Dusen opina algo muy interesante: algunos piensan que es cruel indagar emociones y promover a que fluyan, pues no siempre se sabe qué hacer con lo que emerge; pero les responde: “Su propia crueldad al dejar que la vida siga sepultada es mucho mayor”.

 

Licenciada en Psicología, Analía Nardelli MP: 0496.