Por Mariela Arrieta

La localidad que me vio nacer, cumple 253 años de su fundación y su aniversario despierta mis mejores recuerdos de infancia.

Quines, capital del mate

Quines, capital del mate

San Luis es maravillosa en toda su extensión pero Quines tiene un algo especial porque es el pueblo donde nací y me crié, el lugar donde vive mi familia y adonde siempre quiero volver.

Este nuevo aniversario de su fundación, es sin lugar a duda una oportunidad única de rendir un homenaje a todos aquellos quinenses que con tesón y dedicación contribuyeron y contribuyen para hacer del pueblo un lugar cada día mejor.

En primer lugar y sin ser para nada objetiva, vaya el reconocimiento a Andrés Macías, mi abuelo, un hombre de mirada franca, sonrisa abierta y andar pausado que ya no está entre nosotros físicamente pero cuyo recuerdo aún perdura en  su esposa Nélida Gauna, sus hijos, sus nietos y en gran parte de la comunidad quinense.

Tal vez sea por el amor inmenso que le tengo, pero estoy convencida -y sé que esto generará una discusión con mis primos- que yo “la negrita” (apodo que heredé de mi madre) fui su nieta preferida.

Las tardes sobre sus rodillas mientras respondía a mi sinfín de preguntas y su cobijo cuando recibía un reto de mi abuela por ensuciar jugando el piso recién lustrado, son recuerdos imborrables que con el paso de los días más se arraigan en mi memoria.

Flaco y alto, cada tarde se sentaba en la galería bajo el parral a mirar el horizonte, que pensaba? No lo sé, pero quiero creer que durante esos, sus momentos exclusivos, su imaginación volaba y concretaba todos esos proyectos que quedaron truncos cuando la muerte se lo llevó a sus jóvenes 64 años.

A lo largo de su vida, mi abuelo, el “Papá Andrés”, desarrolló varias profesiones pero sin duda su pasión fueron las artesanías en madera. Con esa paciencia que lo caracterizaba torneaba cada uno de los objetos otorgándoles un terminado único que los convertía en pequeñas obras de arte. Fue maestro de torneros y también lo fue en mi vida, por eso  en su evocación vaya también el reconocimiento a todos los hombres que se dedicaron a moldear la madera posicionando a Quines en un lugar prioritario para la adquisición de artesanías.

Tuve una infancia feliz, unos padres amorosos y siempre presentes que se esforzaron para que a mi hermano y a mí no nos falte nada y el pueblo fue testigo de eso. Sus tranquilas calles albergaron tardes eternas de juegos y alegría recolectando moras y granadas. Abrazos gigantes de una madre quinense y un padre santafesino que llegó al pueblo hace más de 40 años y nunca más se fue.

Como olvidar los paseos por la Plaza Juan Crisóstomo Lafinur y las siestas en El Muro, El Zapallar o la Piedra Baya, los retos del Padre Juan Ogrín y su cantinela diaria de “Arrieta pórtese bien”, dicha con una sonrisa la mayoría de las veces, porque probablemente sabía que el llamado de atención era un vano, seguiría portándome mal y alborotando con mi risa el patio del Instituto San José.

Hablo de Quines y podría llenar páginas enteras, muchos se preguntarán qué sentido tiene este artículo y la verdad es que ninguno profundo o reflexivo, sólo que la oportunidad de un nuevo aniversario de fundación me pareció propicia para recordar retazos de mi vida con Quines como protagonista y espero que sirva de disparador para que muchos también lo hagan. Mi recuerdo eterno a un pueblo único en el mundo, a mi lugar en el mundo.

Fotos: Web
Video: Martín Micalli