Eduardo Grossman, Eduardo Longoni y María Eugenia Cerruti son reporteros gráficos y artistas visuales. Durante más de una hora mostraron y hablaron de sus experiencias, trabajos y obras en la Sala “Victoria Ocampo” de la Feria Internacional del Libro, en el predio de La Rural en Buenos Aires. La función de la fotografía, fotoperiodismo y arte fueron algunos de los temas abordados.

La charla se realizó en la sala Victoria Ocampo de la Feria Internacional del Libro.

La charla se realizó en la sala Victoria Ocampo de la Feria Internacional del Libro.

La cita fue el lunes a las 16:30, en el Pabellón Blanco, Sala “Victoria Ocampo”. Hasta allí se acercaron estudiantes de fotografía, aficionados y amantes de las tomas para escuchar a los fotógrafos. El encuentro sobre fotografía contemporánea argentina fue organizado por la Revista “Ñ”. La moderadora fue Mercedes Pérez Bergliafa.

Durante el conversatorio se habló de fotografía, fotoperiodismo y cada uno expuso sus trabajos, cuyo eje fue la transformación que sufrió la producción de cada uno teniendo en cuenta el cambio que tuvo la fotografía como disciplina en la segunda década del siglo XX e inicios del siglo XXI, cuando comenzó a vérsela como un arte más y dejó de ser una mera producción que tenía una funcionalidad específica. Se reconoció institucionalmente, prueba de ello son las muestras de fotografía en diversos museos del mundo.

Comenzó María Eugenia Cerruti, exponiendo la serie “Ezpeleta”. “Este trabajo lo realicé entre el 2003 y 2007, es un barrio en las afueras de la ciudad de Buenos Aires, en Quilmes, que cuando llegaron las privatizaciones en los 90 la estación de energía pasó de ser de baja tensión a media y alta. Los vecinos empezaron a sufrir consecuencias como distintos tipos de cáncer”, relató la joven y añadió que es un lugar que conoció a través de una nota pedida por el medio en el que se desempeñaba hasta fines de 2015, que fue diario Clarín; actualmente se dedica a la docencia, continuó y lo transformó en un trabajo personal que le llevó cuatro años.

El trabajo, tiempo después, se transformó en un libro que se tituló “132.000 Volts – El Caso Ezpeleta”. Cerruti apuntó que lo veía “como una historia potente e interesante para contar, fue un trabajo intenso y muy cercano con la gente. Mostraba la huella física, la denunciaba; les pude dar una herramienta de lucha”.

El segundo trabajo que expuso fue “Naturalezas”. La fotógrafa contó que también le llevo algunos años reunir todas las fotografías. “Esto forma parte de mi historia personal, ya que tengo un abuelo desaparecido en el 77; yo era chiquita, me pasé muchos años de mi vida escuchando el relato de cómo habían sido las cosas. A mis 30 años, en el 2007, quise volver al lugar donde él vivía para buscar el relato con mis palabras; en realidad, con mis imágenes, a través de mi manera de ver las cosas. Me propuse hacer una serie que tuviera que ver con esto, uno de los recursos es buscar fotos de archivo pero yo no las tenía, entonces me enfoqué con lo que tenía hoy, me gustó el desafío de buscar la naturaleza como testigo de la vida, allí se pueden encontrar las huellas de las cosas que pasaron a lo largo de los años”, relató que las fotos fueron tomadas en Chacras de Coria, en Mendoza, y cuando su abuelo desapareció lo trasladaron a la ESMA y le hicieron vender las tierras donde vivía, allí volvió para retomar la historia.

Fotografía perteneciente al trabajo Naturalezas de María Eugenia Cerruti.

Fotografía perteneciente al trabajo “Naturalezas” de María Eugenia Cerruti.

“Uno siempre es uno fotografiando, desde su historia y desde quienes somos”, sentenció María Eugenia al ser consultada por su enfoque, su punto de vista al fotografiar. Lo último que expuso estuvo vinculado con su trabajo como fotoperiodista, “esto lo realicé en 2003 cuando estaba en Clarín, históricamente los diarios cuando hay una campaña presidencial asignan un fotógrafo y en esta campaña (Néstor Kirchner) me asignaron a mí y continué por muchos años porque se construyó una relación de cierta cercanía que posibilitó una confianza, un conocimiento, por eso continué fotografiándolo en 2007 y 2009”. Este material también se transformó en un libro histórico documental.

Eduardo Grossman fue el segundo en exponer sus trabajos, fue “un pantallazo de la vida de un fotógrafo”, indicó mientras en una pantalla se proyectaban algunas de las fotografías que marcaron su vida profesional. Al ser consultado por su estilo, Grossman apuntó: “Yo no tengo un estilo, en todo caso surge de la inconsciencia en la que me sumerjo cuando saco fotos”.

Grossman se dedica a la fotografía desde 1970. Desarrolla su actividad profesional en los campos del periodismo gráfico, la publicidad, el cine, el teatro y la docencia. Trabajó como reportero gráfico en el diario Noticias, las revistas Humor Registrado, El Periodista, Editorial Perfil, Man y Elle, entre otras. Desde 1991 a 2009 fue fotógrafo y editor gráfico del diario Clarín.

Fue cofundador de la agencia fotográfica Sigla en 1974, de breve pero decisiva existencia. En los años 80 participó del Núcleo de Autores Fotográficos que reunió a numerosos exponentes de la renovación expresiva que en esos años se produjo en la fotografía.

“Desde el 70 hasta ahora sigo sacando fotos, algunas de las que vemos ahora son familiares, otras de trabajo, otras personales, para mí no hay una diferencia entre una foto y otra, no tengo planes, no hago historias fotográficas, admiro la profundidad de estos trabajos pero yo no lo haría”, contó Grossman.

Luego definió su vínculo con su trabajo y lo que para él representa. “Tengo una relación directa con la fotografía, muy visceral, prácticamente no hay día que no saque fotos. Trabajé cuarenta años como periodista, después me retiré y desde hace ocho años me dedicó a la fotografía; no trabajo más de fotógrafo sino que ahora soy fotógrafo nada más”.

Fotografía de Atahualpa Yupanqui realizada por Eduardo Grossman.

Fotografía de Atahualpa Yupanqui realizada por Eduardo Grossman.

En una pantalla gigante se proyectaron más de cien fotografías en blanco y negro de Grossman, pudo verse retratados a Atahualpa, Borges, Charly García conviviendo con artistas de la farándula como Beatriz Salomón, en sus inicios, o Valeria Mazza, al lado de presidentes que surcaron la historia argentina desde el 70. Cualquiera de estas fotos para mí puede estar colgada en una galería y a partir de ahí puede ser considerada un objeto artístico. Pero la validez artística no se la va a dar que esté colgada en una galería, así como su calidad periodística no se la va a dar que esté puesta en un diario, pero sí la intención con que esa foto es usada”, fue concluyente.

“El periodismo plantea limitaciones a la fotografía. La fotografía en sí misma es un lenguaje y dentro del periodismo funciona como un lenguaje adjetivado, acotado, con necesidades de otros lenguajes dentro del medio de comunicación gráfico. Me siento un fotógrafo más que un periodista o reportero gráfico, en este sentido, la función estética que comunica una foto para mí es lo fundamental, después se verá con qué objetivo se acompaña esa foto”, apuntó y dejó al público disfrutar de la vida de un fotógrafo a través de su trabajo.

A partir de 2004, Grossman comienza a hacer color, con las cámaras digitales lo primero que realizó fueron secuencias montadas, “ninguna de estas fotos con cierta abstracción es una sola toma sino que es un escaneo por sectores, después juntada con un programa; fue todo hecho con cámara de bolsillo, son todas manchas aleatorias en la ciudad de Buenos Aires”, aquí el arte asoma y crece.

“La fotografía tiene una cualidad que va más allá del fotógrafo, tiene un valor mágico de crear una ficción de tiempo definido y eso a lo largo del tiempo produce un fenómeno de revalorización, con un valor estético y emocional muy superior al momento que fue hecho, se la carga de nuevas intenciones, ocupa un lugar con aristas artísticas”, finalizó Grossman.

El último en exponer fue Eduardo Longoni, quien trabajó en la Agencia Noticias Argentinas hasta 1987, luego formó su propia agencia hasta 1990 y desde entonces trabaja para diario Clarín. Estudiante de Historia, aunque no terminó su carrera, ni tampoco estudió fotografía porque en su momento no había dónde formarse profesionalmente.

Longoni relató que cuando entró a Noticias Argentinas a pedir trabajo se encontró con Miguel Ángel Cuarterolo, a quien definió como “el mejor editor fotográfico de este país. Me recibió y le debo haber dado pena porque le mostré fotos de mi experiencia en un fotoclub y me dio un rollito, era el 79. Me dijo que saliera al otro día a la mañana con los otros fotógrafos pero se ve que se olvidó de decirles y nadie me quiso llevar. A media mañana me quedé solo y vino un tipo como patinando, preguntando dónde estaban los fotógrafos, después me enteré que era el subdirector de la Agencia. Cuando reaccioné ya estaba arriba de un taxi, cubrí el regreso de los montoneros, o sea, la nota del año la estaba haciendo un tipo que nadie sabía quién era y era lo primero que hacía. Esa foto me permitió quedarme y permitió que esa fuera el ADN de mi fotografía periodística, que tiene que ver con la violencia política y social”, desde ese momento hasta la caída de De la Rúa reportó en su libro “Violencias”.

"La foto del juicio a las juntas la hice llorando", narró Eduardo Longoni.

“La foto del juicio a las juntas la hice llorando”, narró Eduardo Longoni.

Sus obras más reconocidas se relacionan con temáticas sobre derechos humanos, represión y luchas contra la impunidad. Longoni añadió que en el 2010, después de haber editado varios libros, se decidió a envasar sus fotografías de violencias en un libro que le parecía representativo de su trabajo. Muchas de ellas fueron en su momento censuradas en la época de la dictadura. “Todas fueron publicadas a lo largo del tiempo, es extraño porque tienen todos los soportes en los que yo trabajé: película blanco y negro, rebobinada, original, el arribo del color, diapositiva, imágenes digitales. Esto formaba parte de una parte de la historia de la manera en que yo la vi”.

“Yo tomé la cámara como una militancia política, estaba en un lugar, tomaba partido. Nunca creí en la fotografía objetiva, para mí la fotografía es un lenguaje en el que yo quiero decir, para mí es militante”, contó al referirse al alcance de su trabajo en épocas de dictadura y concluyó contando que la única vez que lloró atrás de su lente fue cuando le tocó cubrir el juicio a los militares. “La foto del juicio a las juntas la hice llorando, ver a esos asesinos entrar al juicio fue la única vez que la cámara no operó de escudo”.

 

Nota: Cecilia Sosa.

Fotos: Malvina Urquiza / archivo web.

Corrección: Berenice Tello.