María Cristina Pastor nació y pinta en El Morro. Entre tintes impresionistas, paisajísticos y fantásticos, tiene más de 200 obras, varias de las cuales desea legar al histórico pueblo donde el general San Martín y el papa Pío IX pernoctaron alguna vez. La artista, además, proyecta impulsar un centro cultural local.

Caballos con la crines al viento. Un tema que se repite en las obras de Cristina debido a una historia famlilar.

Caballos con la crines al viento. Un tema que se repite en las obras de Cristina debido a una historia famlilar.

María Cristina Pastor nació en El Morro, tiene 66 años y dos hijos. Su pasión despertó en la primaria cuando pintaba mapas con tinta china. Sin embargo, por distintos motivos, tuvo que esperar. Volvió a la pintura hace casi 20 años. Compró un bastidor, un par de colores primarios y volcó todas sus pinceladas contenidas. A puro ojo autodidacta, del mexicano Diego Rivera aprendió rasgos étnicos y murales. Hasta que ingresó en la academia de Mari Bonato de Giacometti donde asimiló más técnicas. Junto a ese grupo de pintores expuso en Villa Mercedes, Potrero de Los Funes y Merlo. Cada año, además, participa en una muestra anual de la ciudad villamercedina.

Actualmente, entre las más de 200 obras, varias de las cuales han paseado por España, Italia y Estados Unidos, abunda una imagen: caballos, generalmente con las crines al viento.

“Mi abuelo traía su tropilla que la tenía cerca del cerro, al espacio donde hoy tengo mi parquecito, que antes me parecía inmenso. Ahí los tusaba, o sea les cortaba las crines y las colas, que luego vendían. De muy pequeña me regaló un caballo tostado. Yo le pedí que nunca le cortara el pelo. Ese era el ideal -en mi mente de niña- de un ser libre, sin arreos, sin lazos riendas ni monturas”, explica. “No voy a decir que es compulsivo el tema, sino no sería placentero pintar”, agrega.

El lugar desde donde crea la artista nacida en El Morro

El lugar desde donde crea la artista nacida en El Morro

La tierra donde se enraizó Cristina tiene una colorida historia, teñida también con sangre y batallas. San José del Morro fue posta en el camino real que unía al Virreinato del Río de La Plata con la Capitanía de Chile. En 1775, se estableció como el primer fortín para la defensa frente a la embestida de los malones ranqueles. San Martín permaneció unos días en El Morro. 38 pobladores contribuyeron a la gesta liberadora de los Andes. Entre los servidores a la Patria que surgieron en el pueblo destacan el general Juan Esteban Pedernera -que nació en un paraje a cuatro kilómetros, llamado Los Nogales- y el general Pablo Lucero. En su paso a Chile, el beatificado papa Pío Nono pernoctó también en la localidad y celebró la Santa Misa.

Asimismo, el lugar tiene un atractivo Vía Crucis que, aunque solo recorre 300 de los 993 msnm (metros sobre el nivel del mar) impuestos por El Morro, a partir de la VI estación, se pueden contemplar los 1600 msnm del volcán, cuyo diámetro mayor, de 14 km, data entre 1500 y 2000 millones de años. Además, el naranja, pero no de lava, cada 19 de marzo, ondea en antorchas -que recuerdan al santo patrono San José- para llegar al templo del siglo colonial, declarado lugar histórico, frente al que alguna vez hubo lanzas en defensa de los indios.

Los trazos de Pastor no sólo traen a la memoria El Morro

Los trazos de Pastor no sólo traen a la memoria El Morro

Al municipio lo completa el paraje La Esquina, ubicado en la ladera este del cerro, tornasolado bajo las nubes. Allí, a la Escuela N° 210 “General Pedernera” este año asisten seis alumnos al primario y uno a jardín. El secundario se cursa en La Punilla, a 22 kilómetros. O en El Morro que, por un camino de tierra, en vez de la Autopista 55, dista a 17 km. Por ese atajo, los vecinos dicen que surgió el nombre La Esquina ya que está pegada al volcánico “Centinela del Valle” y entre la vía hasta pueblo de El Morro.

“La mayoría de mis pinturas serán mi legado a mi pueblo. Es por eso que necesitamos un lugar para poder desarrollar proyectos que serán importantes para la cultura de ese pueblo tan caro a mis afectos y a la de muchos morreros”, asegura Cristina quien propone refaccionar el salón, ex Club Cultural y Deportivo ‘San José’, para vincularlo a todas las expresiones creativas, desde artesanías hasta gastronomía tradicional”.

Pero los trazos de Pastor no sólo traen a la memoria El Morro; la flora y fauna autóctona transformadas en colores ganan peso, altura o volumen con frescura impresionista o se envuelven mágicamente entre paisajes o mujeres europeas que invitan a otras instancias. Son reales, pero casi. Hay una danza juguetona entre opacidades y transparencias. Con rostros, modas y nostalgia. Es que el arte puede asumir cualquier forma. O, en sintonía con la propia práctica, es la pintura quien hace hablar a la artista y hasta la empuja al suspenso. Ante tanta aceleración contemporánea algunos de sus cuadros parecen refugios.

María Cristina Pastor nació y pinta en El Morro. Tiene más de 200 obras.

María Cristina Pastor nació y pinta en El Morro. Tiene más de 200 obras.

“El arte me dio alegría, grandes satisfacciones, amigos y por sobre todo sé que en cada obra que pinto he dejado un poco de mi vida, y por momentos, mis pensamientos y sentimientos. Ha sido mi cable a tierra, mis obras son como mis hijos, me cuesta mucho desprenderme de ellas, tienen mucho de mí”, comparte la artista admiradora del pintor Emaús Nicolaevici.

Cristina regresa a su terruño. En el centro cultural sueña con agregar una biblioteca en honor a Humberto Silvera, quien fue docente y comisionado municipal a mediados de la década del 80.

“Este señor fue mi padre del corazón ya que estaba casado con mi madre, doña Petrona Olmedo de Silvera. Don Humberto Silvera rescató la historia de la cautiva de El Morro y la editó en un pequeño libro por el que fue premiado como tesoro viviente  por la provincia. Era un gran historiador de todos los acontecimientos contados por su abuelo y su padre”, recuerda.

En el cementerio municipal está la tumba de doña Tiburcia Escudero, mejor conocida como “La Cautiva de los Ranqueles”. A partir del relato de la señora que vivió hasta los 104 años y falleció en 1931, Humberto Silvera historió un crudo episodio de los muchos que comulgaban en la zona.
“La Cautiva” vivía con sus padres y sus cuatro hermanos en un rancho, hoy bautizado  el “Hueco de Tiburcia”, a ocho kilómetros al sudoeste del pueblo. En noviembre de 1850, Tiburcia fue secuestrada por un malón de ranqueles. Según su testimonio, a los ocho meses de cautiverio intentó huir pero la encontraron y la llevaron a las tolderías donde recibió flagelos y maltratos. Después, en un segundo escape, caminó durante tres días hasta que la recapturaron. Y recibió un castigo más cruel: le arrancaron la planta de los pies.

La última oportunidad de huida llegó mientras los ranqueles dormían tras regresar de un malón. Tiburcia, se llevó los tres caballos del cacique y emprendió para el norte. Unos paisanos dieron con ella.

El Morro, ubicado a 110 kilómetros de la ciudad capital, atesora. Algunas de esas escenas son recreadas desde los pinceles de Cristina, por ejemplo, la casa del altillo con balcón a la calle donde estuvo San Martín.

En la localidad, fundada en la primera mitad del siglo XVIII y que, según el último censo, cuenta con 91 habitantes, aún es posible encontrar los tradicionales ramos generales o una sonrisa cálida por la calle.

La conexión con el “Centinela del Valle” más acontecimientos que avanzan, retroceden, intrigan, fisuran, a Cristina la provocan para reflexionar sobre su oficio:

“No sé si puedo aconsejar, creo que el que empieza con la pintura está llamado a hacerlo. Hay que pintar con pasión. Tus obras van saliendo solas. Tenés que dejar mucho de vos en cada bastidor. Tenés que amar lo que haces”.

 

Nota: Matías Gómez.

Fotos: Gentileza.