El poeta Antonio Esteban Agüero nació el 7 de febrero de 1917 en Piedra Blanca, uno de los sectores más tradicionales de Villa de Merlo. Desde su adolescencia hasta los últimos días de su vida cultivó la lectura y la escritura.

Gustavo Romero Borri conmemora el  aniversario del natalicio de Agüero con un escrito muy especial.

El Programa Cultura destaca en esta fecha a uno de los poetas emblemáticos de la literatura puntana como lo fue Antonio Esteban Agüero. Se desempeñó como maestro, presidente del Consejo Provincial de Educación, director de Cultura, ministro de Previsión Social y Educación, ministro de Gobierno de San Luis, colaborador de La Prensa Los Andes, Los Principios, La Nación de Chile, El Comercio de Perú, y de las revistas argentinas El Hogar, Mundo Argentino, Vosotras, Ideas y Revista de San Luis.

Autor de “Poemas Lugareños” (1937), “Romancero Aldeano” (1938), “Pastorales” (1939), “Romancero de Niños” (1946) y “Cantatas del árbol” (1953) obras todas publicadas en vida. Muchos afirman que los libros más valorados por la posteridad fueron los que el poeta no pudo publicar en vida como “Un hombre dice su pequeño país” (1972), “Canciones para la voz humana” (1973) y Poemas inéditos (1978) con su prólogo en prosa “Vivir en poesía”.

Gustavo Romero Borri conmemora el aniversario de su natalicio con un escrito muy especial y expresó: “Comparto en este día el siguiente texto, con un saludo especial a quienes admiran la poesía de este poeta y otro para quienes aún no lo han leído pero que lo harán algún día”.

Texto inicial del libro “El peso de la luz en la mano” (Impresiones sobre el credo poético de Antonio Esteban Agüero. Ediciones “Cárcel de luz”. Buenos Aires, año 2016).

 El corazón de Agüero

Hubo una vez un hombre que hizo un viaje hacia el fondo de sí mismo para buscar el único tesoro que da alegría y transparencia al mundo: la libertad de la palabra propia.

Y sucedió que esa palabra suya, tan íntima, tan sola, tan amasada en lágrimas y esperas, tan dolida de rabias y ternuras, se adhirió a los oídos como una música que nos hermana.

Hubo una vez un hombre que fue libre, libre por vocación y por destino. Atravesó lo áspero cantando para todos los días y las noches y agradeció su comunión con todo lo más vivo y vibrante.

… y así fue que en nosotros se cumplió la poesía; se los hizo visible la poesía, familiar y evidente como el peso de la luz en la mano.

Desde entonces ese hombre es El Poeta, el que apuntó más alto para ir hacia esas cúspides desnudas donde se restituye la palabra y se instaura de nuevo su reino entre nosotros.

El corazón de Agüero devino voz del aire, de la tierra, del agua y del fuego. De esos cuatro elementos se nutre su palabra: desvelaron lavaron la vida de sus ojos para que vieran todo como si todo fuera el escenario donde ocurre sin tregua un primer día.

Fue un pronosticador de paraísos y profeta elocuente de lo que se le opone. Habló desde sus vísceras celestes. Habló hacia el porvenir como si fuera el porvenir una pregunta ardiente abrazada a una luz interminable.

Mírame con los ojos de mirar la mañana –ha dicho en un poema-.

Desde esos ojos suyos matinales supo entender lo diurno y exaltarlo. Su lenguaje es plegaria y es pregón que interroga lo aún no bautizado: la flor desatendida, la brisa acariciando el plumaje del ave.

Supo nombrar el centro de la vida, ese rubí que alumbra y encandila los ojos de quien viaja hacia la intimidad de las cosas, sorprenderlas dormidas, subsumidas en cuencos de silencio, y hacerlas hablar y cantar y danzar porque Qué lindo es ser / por veces / un corazón que canta.

Hubo una vez un hombre que fue libre de pie sobre el tiempo de los astros. Nombró lo perdurable que subyace en toda superficie que quiere ser amada por el cielo: Florecitas anónimas que brotan / a la par de tus pasos / y huelen igual que tu cintura / se llaman: te amo.

Atravesó lo áspero y lo suave como una flecha ardiente cargada de palabras hechizadas cuyo blanco fue siempre el corazón del hombre. Él dijo de su oficio “… Y me ha dado la dicha de sentirme / boca del Hombre y corazón del Pueblo”.

Hubo una vez un hombre que alimentó su corazón de músicas y palabras veraces cultivadas en sueños, en viajes interiores por su sangre y su activa memoria enamorada.

Y toda certeza de sus sueños, y toda la osadía de sus hondas visiones ahora son latidos que dan vida a sus poemas. Su corazón se ha vuelto melodía, plenitud de existencia y alabanza.

Brindo por él: hermano en lo más simple y en lo más duradero. Brindo por la estatura de su hambre  su sed  y sus derrotas. Brindo por la belleza que buscó y encontró: esa protesta limpia que nos salva de no sé  qué miserias presentidas.

 

Nota y foto: Prensa Programa Cultura.