Tuvo sus orígenes en los cines Sportman del señor Nadal y en los años 1936 y 1937, Jorge Canta, Jaime Canta y José San Juan, alquilaron “El Ariel”, o sea el Salón del Club Social que más tarde sería el Cine “Opera”.

El “Opera” inicia su primera función el 17 de marzo de 1937, con la película “Bajo dos banderas” de Cludette Colbert y Ronald Colman, a beneficio total de las Damas de Beneficencia de San Luis.

Concebido como cine y teatro, actuaron en él las siguientes compañías: Narciso Ibáñez Menta – Pepita Serrador, Berta Singerman Arsino, Mármol Mecha Ortiz, Elsa O. Connor, Fanny Brena. Embajada de Radio Belgrano con Fernando Borel y Nelly Omar. También Lola Menbrives, orquesta de Francisco Canaro Fumanchú, Compañía de León Zárate, etc.

En 1946 se inició un nuevo “Opera”, el 8 de setiembre de 1948; este nuevo cine, se inaugura con la película “Larga es la noche” de James Mason.

Propiedad de Jorge Canta y José San Juan, la sala fue escenario de grandes estrenos fílmicos hasta 1980 en que cerró sus puertas. Al edificio lo reabriría luego la Sociedad Italiana que ya tenía el Cine “Roma”, para definitivamente suspender las proyecciones a mediados de 1990, y convertirse años después en el Casino “Golden Palace”.

Escribe Jorge Rosales, recordando los momentos vividos en el emblemático cine: “De impecable canasto de mimbre colgado al cuello y recorriendo los pasillos de la sala, otro habitante entrañable del ‘Opera’ fue don Carlos Mini. El recordado caramelero –también nombrado ‘chocolatinero’- realizaba su aparición estelar antes de comenzar la función, o en el transcurso del intervalo. Con su linterna de bolsillo, el acomodador era el encargado de acompañar al espectador hasta su ubicación en alguna de las 1.300 butacas del cine, apunta Juan ‘Bochi’ Mini, hijo de Carlos. Y quien a veces, siendo aún niño, se ofrecía en cumplir esta tarea, esperando juntar de propina unas monedas”.

“Pared mediante al fondo de la platea alta, donde en una época hubo que colocar tablones de asiento por los destrozos que causaban los asistentes, estaba la cabina de proyección. Ambrosio Gómez, uno de los antiguos operadores, ingresaba allí temprano a preparar las cintas y máquinas para iniciar la función. Las películas de Randolph Scott o de Cantinflas (aún en blanco y negro) estaban entre las que mayor cantidad de público convocaba. De igual modo cuando la cartelera la ocupaba una sugerente Isabel Sarli, que le hacía perder la cabeza y documentos a cuanto adolescente no pudiera acreditar los 18 años”.

Bajo esta excusa buscaban eludir la exigencia de ser mayor de edad, sin saber que en la entrada los esperaba el inspector municipal de Espectáculos, Ramón Brogliere. “¿En qué fecha naciste?”, les preguntaba de improviso para dejar a los jóvenes tecleando, y sin más remedio que resignarse a volver el sábado a la matinée. Cine al fin, tampoco había que esperar el estreno de una nueva secuela de Batman, para que los murciélagos realizaran sus habituales paseos dentro del recinto. Era costumbre sorprender algunos de los porteros -el “Cantinflas”, el “Pocholo” o el “Gallina” Puertas-, en denodada lucha contra las alimañas a escobazos limpios.

“Cuando en 1990 cierra el ‘Opera’, no hubo más superhéroes, acomodadores, ni carameleros. Don Catutti, que tuvo florería en el mismo edificio, hacía rato también había partido. El lugar lucía desierto y abandonado, desprovisto de toda magia y fantasía. Triste señal de que la función finalmente había terminado”, concluye Jorge Rosales.

 

Nota: Prensa Programa Cultura.

Fuente: Inbicible.blogspot y libro “Sembradores” de María Esther Rosales de Orozco.

Fotos: Gentileza.