En la localidad viven alrededor de 350 personas que proyectan un futuro mejor con las obras públicas anunciadas por el gobernador Alberto Rodríguez Saá.

A Oscar Baigorria se le nubla la vista cuando recuerda el esfuerzo de los vecinos en esta planicie, antiguamente habitada por los huarpes. Vino hace 32 años y fue intendente de Alto Pencoso. Llevaban agua en camión para los diferentes caseríos aledaños.

“Había pequeños ganaderos y muy pocas fuentes de trabajo, todo lo tenía que absorber la Municipalidad”, cuenta en su almacén.

Como otros pueblos del oeste puntano, Alto Pencoso creció gracias al Ferrocarril Andino a fines del siglo XIX. De esa vía se desprendieron, según investigó Jesús Liberato Tobares, un negocio de ramos generales (hoy ubicado frente a la plaza San Martín), una carnicería, un club de fútbol y la capilla en honor a San Nicolás de Nari. También prosperaron herreros y modistas en la zona.

“Cambiaron los hábitos de vida, antes sólo se podía comer carne una vez a la semana”, compara Baigorria.

Ahora la localidad proyecta cambios. El martes pasado el gobernador Alberto Rodríguez Saá anunció obras como asfalto, forestación en los ingresos, estaciones solares, kit de frutas, más inclusión social, circuitos turísticos y escuelas generativas secundarias para los parajes puntanos.

“Me parece muy bien la iniciativa de obras públicas, así no se olvidan de los parajes”, dice Ceferino Rosales, quien se vino hace veinte años desde Maipú, Mendoza. “Acá nacieron mi vieja y mi abuela”, cuenta el empleado municipal de 35 años mientras limpia la plaza al mediodía.

En Pencoso el invierno es riguroso, principalmente en julio. Las heladas azotan pero especies como el algarrobo, brea, chañar, retama, molle negro, tala, cedrón del río, jarilla y arbustos -utilizados en la medicina popular-, resisten. Cada tanto, ante las bajas precipitaciones, los arenales funcionan como depósitos de masas de aire y sedimentos. Las instituciones también resisten. Se calcula que la Escuela N° 10 “Juan Esteban Vacca” surgió en 1898, según archivos históricos locales.

“La vida es muy tranquila acá y la gente es muy buena”, reflexiona pausadamente Elvira, esposa de Baigorria.

Nota, fotos y video: ANSL.