Hizo sus primeras armas en la Escuela de Aprendices del Hipódromo La Punta. Es un jockey con una enorme proyección.

Eduardo Ruarte, un estratega del turf.

Eduardo Ruarte, un estratega del turf.

Eduardo Ruarte vive un presente de película. Es un pibe que la luchó siempre. Todo le costó mucho. De chico, su padre le inculcó el amor por los caballos. A los siete años ya andaba entre las patas de los pingos. Don Antonio era carpintero de profesión, pero despuntaba el vicio siendo jockey. Y de él heredó esta pasión.

Cuando corrió su primera carrera con “Peluquera” se dio cuenta de que ser jockey era lo suyo. Mientras el viejo armaba muebles y mamá dejaba la casa en orden, Eduardo soñaba con ser jinete profesional. Mientras hacía sus primeras armas en las cuadreras, tenía la idea de vivir de esto. Hasta que un día se animó.

Se inscribió en la Escuela de Aprendices del Hipódromo La Punta. Ahí conoció a Marina Lezcano, la que le enseñó todo sobre esta bendita profesión. Asimiló bien cada clase. Aprendió. Y en poco tiempo ya estaba en las pistas corriendo. Ganó algunas bravas en La Punta y, como por arte de magia, le llegó la chance de irse a Buenos Aires. A los grandes hipódromos capitalinos.

Primero se fue solo. Dejó acá a su esposa Mayra y a su hijo Thiago. Los días se hacían largos. Interminables. Extrañaba mucho. Ni los primeros triunfos que fueron llegando calmaban ese dolor que se sentía en el pecho por estar lejos de los afectos. Después de mucho esfuerzo, pudo llevarse a la familia. La vida cambió. Todo le hizo un click. Venía de varear. Llegaba a la casa. Y no estaba solo. Thiago estaba jugueteando por el comedor. Mayra en la cocina lo esperaba con unos mates, primero; y la cena después. Eduardo se sentía feliz. Pero no sabía que lo mejor estaba por venir. Había ganado muchas pruebas, pero él quería una de Grupo 1.

Marsiglia le confió su potranca: “Care Lady”. Era una carrera de Grupo 1. Enormes ejemplares. Grandes jockeys. Y entre ellos estaba el “Negro” Ruarte. Sí, ese pibe de barrio. Amigo de los amigos. Que siempre tiene una frase llena de amor para papá Antonio y mamá María Rosa. En los partidores estaba “Care Lady” y en la silla Ruarte. Largaron, dijo el relator oficial. El tiro era largo: 2.100 metros. Eduardo trajo a su conducida escondida en el malón. A la distancia se sentían los gritos. “Vamos Ruarte”. Cuando entraron al tiro derecho final, la yegua seguía atrás, pero en la última cuadra Ruarte la movió, le hizo pegar una gran atropellada, y llegó primera al disco. Cuando cruzó primero, miles de imágenes pasaron por su cabeza. Los viejos. Sus hermanos Ludmila, Federico, Nair y Laura. Marina Lezcano, su maestra. Y tanta gente que lo ayudó para que hoy viva este presente de novela.

Hoy tiene 250 carreras ganadas. Está dando los primeros pasos, pero haber ganado un Grupo 1 es como tocar el cielo con las manos. Abrazó a su señora. Besó a su hijo. Miró el cielo. Agradeció a Dios. A los que ya no están. Se secó las lágrimas. Festejó con los propietarios, cuidadores y peones. Miró de reojo a “Care Lady”, la potranca que corrió; y ella como si entendiera le hizo un guiño. Se acordó de “Peluquera”, la yegua que le dio su primer triunfo en una cuadrera. Parece que hubiese pasado una vida. En diez años, Ruarte logró todo esto. Y no se conforma. Va por más.

 

 

Nota y foto: Daniel Valdés.