Por Nicolás Candás, Licenciado en Kinesiología y Fisioterapia

La equinoterapia, una de las terapias asistidas con animales en auge en las últimas décadas, ha demostrado no sólo mejorías en la calidad de vida de las personas, sino que también ha manifestado inconmensurablemente la inclusión de niños y jóvenes con discapacidad.

Wanda Ángulo, paciente de la Escuela Provincial de Equinoterapia "Terrazas del Portezuelo".

Ya Hipócrates 400 años antes de Cristo, en su libro “Las dietas”, aconsejaba la equitación como tratamiento del insomnio y muchas otras dolencias; así fue evolucionando hasta que las consecuencias de la Primera Guerra Mundial hizo que en 1917 en Oxford, Reino Unido, se fundara el primer grupo de rehabilitación ecuestre para atender a heridos de guerra.  En Argentina, en 1978 la profesora María de los Ángeles Kalbermatter inicia con la actividad.

Pero, ¿a que nos referimos con la equinoterapia? Fundamentalmente es una terapia complementaria, cuyo eje central es el caballo y el vínculo directo que se genera con la persona. Podríamos ampliar la palabra terapia, ya que también brinda herramientas educativas y recreativas relevantes si consideramos como finalidad mejorar la calidad de vida de quien la practica. Es preciso entonces destacar que la actividad está destinada a aquellas personas con algún tipo de discapacidad tanto motora, mental o múltiple, que tenga prescripción médica para realizarla.

Entre sus beneficios se reflejan los cambios en los estados de ánimo, el aumento de autoestima y proyección afectiva con los demás. La equinoterapia a su vez incrementa la capacidad de atención y concentración, ayuda en el logro de nociones y refuerzos de contenidos pedagógicos —como los tamaños y colores— y estimula la producción y liberación de endorfinas, mejorando el estado general de las personas. Asimismo aumenta la confianza de quien la practica, el autocontrol y ayuda a aliviar notablemente los estados de ansiedad y depresión.

Cuando el caballo marcha al paso provoca un impulso hacia adelante, mientras que su dorso oscila en tres niveles diferentes: el nivel longitudinal, el vertical y el horizontal. Esta conjunción de movimientos que realiza el caballo para desplazarse resultan en un movimiento tridimensional sobre el jinete que reproducen el patrón de movimientos del ser humano al caminar. El jinete recibe estos efectos cinéticos y de este modo logra una estimulación múltiple, que repercute directamente sobre el tono muscular, las reacciones de enderezamiento, defensa y equilibrio, coordinación motriz fina e integración de esquema corporal.

Mi experiencia trabajando en pista me hizo conocer y valorizar el trabajo en equipo. Cada integrante cumple un rol y es fundamental su accionar, desde el técnico encargado en acicalar, ensillar de manera correcta y entrenar a un caballo de equinoterapia, hasta la intervención lúdica de un acompañante terapéutico, correcciones posturales y ejercicios terapéuticos arriba y abajo del caballo, guiados por el kinesiólogo o el planteo de estrategias en determinados casos por parte de una psicóloga o una fonoaudióloga.

Cuando inicié mi investigación en equinoterapia, para graduarme como licenciado en Kinesiología y Fisioterapia, no concebía la totalidad de los efectos positivos en los que iba a derivar. Fue de ese modo que en el proceso pude descubrir que la terapia iba más allá de los beneficios motores, conductuales y psicológicos que apuntaban solamente al paciente en sí. Luego, pude experimentar desde adentro de este hermoso mundo lo que significa salir de un ambiente hospitalario y/o diferentes terapias en consultorios ambulatorios en el que están inmersos los niños y su entorno familiar.

La naturaleza, el sonido de pájaros, relinchos, el aire de campo, sentir la avena y el aserrín de las caballerizas con las manos, el calor y suavidad del pelaje de un caballo, ver a las familias ayudar en el ensillado o alimentación de los animales, tomar un mate en ronda con papás y mirar la clase de sus hijos montando y haciendo ejercicios, darle una manzana o una zanahoria al caballo al final de la sesión como muestra de cariño y agradecimiento, son entre otras escenas lo que me ayudó a comprender que, sin dudas, esta actividad va más allá de una simple terapia y es tan reconfortante no sólo para nuestros sentidos, sino también para nuestra alma.

 

Licenciado en Kinesiología y Fisioterapia, Nicolás Candás MP.P: 4400