El papa Francisco publicó la Encíclica “Laudato si, el cuidado de la casa común”, que tiene como tema central el cuidado del medioambiente, desde un aspecto de gran preocupación social. En ella condena el consumismo extremo y la cultura del descarte y relaciona la pérdida del ambiente con la pérdida de la dignidad del hombre.

Hissa

 

Por Lic. Daiana Hissa

Ministra de Medio Ambiente, vicepresidenta del Consejo Federal de Medio Ambiente.

En este documento, inspirado en San Francisco de Asís, de quien tomó el nombre Jorge Bergoglio para dirigir la iglesia católica, enumera muchos puntos donde queda en evidencia que “son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior”.

Más allá que una Encíclica es destinada a la grey católica y esta, expresamente, se incluye en la Doctrina Social de la Iglesia, “Laudato Si, sobre el cuidado de la casa común” es un llamado de atención y el pedido urgente de una revolución cultural que cambie el paradigma global realizado por uno de los líderes más importantes del planeta.

En Laudato, el papa se basa en investigaciones científicas para hablar del cambio climático y sus efectos en la naturaleza, pero también en la vida de las personas. Reconoce que hay quienes aún niegan este fenómeno y aseguran que son sus propios intereses económicos los que los llevan a esta negación de la realidad.

La urgencia por seguir las leyes del mercado, por continuar subidos a la ola de la tecnocracia y responder a los vaivenes económicos, ha quitado la atención de donde nunca debería haberse ido, del ser humano.

La pobreza está íntimamente relacionada a los cambios en la naturaleza, el incremento del nivel de los océanos, la depredación de la fauna, la tala de los bosques y selvas, las sequías, las enfermedades que provocan la mala calidad de la escasa agua y los desastres naturales que se producen en diferentes partes del mundo, obligan a las poblaciones a emigrar a lugares inciertos. Esas poblaciones son siempre las más pobres y las que menos aportaron al cambio climático, pero son quienes pagan las consecuencias de la cultura del derroche que rige en los países económicamente desarrollados, que están muy lejos de estas otras realidades.

Nunca más cierta la teoría del efecto mariposa: las grandes potencias consumen sin límite ni responsabilidad, emiten gases de efecto invernadero mientras, por ejemplo, Tuvalu, un pequeñísimo país de la Polinesia, lucha por no ser el primero en desaparecer del planeta como consecuencia del cambio climático. Allí no se utilizan combustibles fósiles, los desechos son alimento de los biodigestores que producen la energía y la basura se recicla, pero está desapareciendo por el incremento en el nivel de los océanos.

Un capítulo aparte merecen en la Encíclica las cumbres mundiales. El papa asegura que los documentos conclusivos son muy prometedores, pero nada eficientes por la falta de compromiso político. San Luis viene participando hace años en estos encuentros como testigo de que, a nivel mundial, el compromiso necesario para provocar un cambio, aún no llega. Por eso se comenzó a trabajar a nivel local, para lograr un futuro mejor.

Pese a todo este panorama, que si bien no es novedoso puesto en el tapete por un líder mundial meses antes de la Cumbre de Francia, la COP 20, adquiere otra dimensión.

Aun con esta realidad, el papa no deja de lado la esperanza y hace un llamado para encontrar ese desarrollo sostenible que nos permita “cuidar la casa común”.

En primer término propone una solidaridad mundial: que las potencias (que para lograr su desarrollo se valieron de la contaminación), enseñen y guíen a aquellos que se encuentran aún en vías de desarrollo, mecanismos y sistemas alcanzados con la tecnología para lograr ese progreso que necesitan.

Fuera del difícil y poco comprometido plano internacional, el papa apuesta a las comunidades locales.

Advierte que en algunos lugares se desarrollan cooperativas para la explotación de energías renovables que permiten el autoabastecimiento local e incluso la venta de excedentes. Y destaca con este ejemplo que, mientras el orden mun­dial se muestra impotente para asumir responsabilidades, la instancia local puede hacer una diferencia. Es este poder que tenemos las provincias, en el caso de San Luis, que usamos para marcarla. Ya que los países desarrollados no son el motor del cambio, quizás quienes aún no alcanzamos ese nivel, podemos enseñarles algo. En San Luis tomamos la posta porque creemos que la Tierra es una sola, el ambiente es uno y todas las acciones suman.

El papa propone, desde estos ámbitos más reducidos, pro­mover formas de ahorro de energía, lo que im­plica favorecer formas de producción industrial con máxima eficiencia energética y menos canti­dad de materia prima. También señala la promoción de formas de transporte sustentable, bioconstrucción, tratamiento integral de residuos y preservación de la biodiversidad.

Otra cuestión que el papa señala como clave es la educación. “Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravillo­so que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida”, dice Francisco y parece que les habla a nuestros Embajadores Ambientales. Y continúa. “No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce fru­tos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemen­te”.

En todo esto San Luis trabaja desde hace años con políticas concretas, la mayoría de ellas convertidas en ley, para asegurar su continuidad.

No creemos en eso de no hacer nada, porque solo se puede hacer poco, si nos comparamos con un contexto mundial. Hacer, es aquí la palabra clave.

El panorama no es bueno, es verdad, pero con más razón cada acción suma. En palabras de Francisco, si bien hay daño ya irreversible, “¡Es tanto lo que sí se puede hacer!”.