Clides, hermana del escritor, explica qué inspiró a una de las voces señeras de la Puntanidad y comparte un texto donde detalla las claves para gustar de la literatura en las aulas. “Quien lee una buena página se llena de luz, celebra espiritualmente, y así enriquecido forma una legión de los que luchamos por un mundo de hombres libres, solidarios y amantes de la paz”, subraya Polo.

Desde temprano Polo Godoy Rojo tuvo vocación docente, uno de los atributos de la puntanidad.

Desde temprano Polo Godoy Rojo tuvo vocación docente, uno de los atributos de la puntanidad.

“Hablabas con él y era una persona común, no demostraba tener tantas cosas en la cabeza, yo no sé de dónde sacaba tantas cosas que quizás ni las vivió. Era muy observador y andaba siempre con una libretita que aconsejaba llevar a cualquiera que quisiera volcarse a la escritura. ‘Si vos querés escribir, -me decía-, tenés que estar siempre con las antenitas paradas’”, recuerda Clides, su hermana. Polo fue el mayor de los trece.

“No sé cuál autor leería más porque tenía miedo de que tomara ese estilo, trataba de no ‘contaminarse’ digamos porque quería tener su estilo propio”, lo describe. “Siento una gran admiración por él, por escribir tantas y tantas cosas. Y ha dejado muchísimas inéditas”, agrega. Entre cuentos, poesías, novelas, relatos para niños, obras de teatro, el autor suma 28 publicaciones.

Polo Godoy Rojo nos devuelve la esperanza de toparnos con lo extraordinario a cada instante. En lo crudo, sus historias buscan la grandeza, una virtud que abunda en los clásicos y se diluye hoy también en las pantallas. Hay jactancia cuando el lector descubre lo sublime en Polo, elevación y júbilo.

“Lléname con tu luz,/ día de marzo,/ que me desborda el corazón/ como el cuenco pequeñito/ del ‘ojito de agua’/ que rebasado/ deja correr su hilito de agua/ vivificando la ladera”, escribió.

El propio escritor recomendaba que, para transmitir el gusto por la literatura, no debía disecarse o trozarse una bella página. Pero vale la pena cometer tal sacrilegio. En “Donde la Patria no alcanza”, el protagonista principal tiene el siguiente diálogo con una “anciana, alta y delgada, con atiplada voz”:

-Traigan mate p´al maestro -ordenó hacia uno de los cuartos la dueña de casa que al caminar levantaba polvo con su larga y ancha pollera negra. Y luego, mirándolo con sus ojos que aparecían desmesuradamente abiertos en su cara huesosa y morena, agregó:

-Con que traí l´escuela otra vez.

-Sí, señora.

-¡Pa´qué! ¡Sí aquí los maestros no duran! Un mes, cuanti´más, después se van.

-Creo que no haré lo mismo, -respondió luchando por recuperar su fe.

-A más, aquí son chúcaros y naide quiere saber nada d´escuela. ¡Pa´qué van a ir los chicos a perder tiempo con la falta qui´hacen en las casas!

-Es mi deber convencerlos.

-Será por demás… se lo digo yo que los conozco a toditos -su convencimiento se volvía firmeza en la boca ajada-. A más, es güeno que lo sepa -continuó diciendo-: Este paraje es de mucha carestía… A ocasiones nu´hay agua ni carne ni nada.

-Comprendo; viven muy aislados. Tal vez si abrieran algún camino.

-¿Camino? Qui´antojo! -la risa le avivó el sarcasmo-. Ya le digo… A la gente no le va a hacer ni pizca de gracia su escuela. En vez de libros, ¡harina pa´una torta necesitan!

-Lo uno vendrá con lo otro, descuide, señora -y procuró ser persuasivo, aunque la duda lo azorara ante todo lo que había visto y lo que estaba oyendo.

Este, como tantos coloquios, señala el mensaje constante del autor que vivió en carne propia la educación rural. Pero ese desolador paisaje reclama ser leído junto a la fuente que lo nutrió: la luz.

Y acá, aunque es poesía, también es incómodo cortar sus palabras, por riesgo a que pierdan brillo absorbente.

“Porque presiento cantos en el aire/ nombro la luz, la luz más alta, /esa donde el hombre enciende/ su pequeña lámpara. Busco la luz, toda la luz quisiera/ la azul del cerro, la del río al alba/ la que brilla en los ojos de mi hermano,/  la del humilde hogar, que es lumbre y brasa/ para enhebrarla en versos para el hombre/ que en todos los rincones de la tierra/ todavía aguarda”.

El poema titula además su libro “Nombro la luz”. Para Clides aquí está el núcleo de la inspiración de Polo.

“Me motiva escribir más que nada la eterna búsqueda del hombre y su destino, la búsqueda de la belleza, el amor, la verdad, la justicia y la libertad, búsqueda de Dios para iluminarme e iluminar, en un intento porque el mundo sea una constelación de almas iluminadas”, lee Clides, grave, de su hermano.

“Siempre buscó y le cantó a la luz. Podemos decir que toda su vida fue una preparación para ese largo viaje hacia la luz a la que siempre le cantó”, indica luego.

La escritora Perla Montiveros definió a Antonio Esteban Agüero como el poeta de la afirmación, porque “en él no se podría entender una postura agónica, ya que vivía en paz consigo mismo”. De Polo Godoy Rojo claramente puede decirse que es el poeta de la luz. “Quien lee una buena página se llena de luz, celebra espiritualmente, y así enriquecido forma una legión de los que luchamos por un mundo de hombres libres, solidarios y amantes de la paz”, dice el autor en un texto mecanografiado donde defiende la lectura y que atesora prolijamente Clide en una carpeta.

En ese pasaje, Polo también habla de alumnos “permanentemente atrapados y seducidos por la invasión audiovisual”. Además, Clides describe que le molestaba la indiferencia, la quietud y la inercia. Del mismo libro, en el poema “Esperanza” dice: “No será fácil/ pero un día, seguramente/ el hombre verá luz en su corazón/ y entonces se aplacará/ el materialismo que lo impulsa/ y le tiñe la sangre/ con fiereza de lobo”. Eran algunos de los peligros contra los que luchaba Polo con su pluma y ejemplo. “Cuando estaba en esos lugares inhóspitos, él juntaba a los chicos para jugar al fútbol porque decía que todos estaban en los boliches tomando”, recrudece su hermana.

Clides Godoy Rojo escribe y, entre mates, relee a su hermano.

Clides Godoy Rojo escribe y, entre mates, relee a su hermano.

Resonante vocación por la palabra:

La señera voz de la puntanidad brotó en Santa Rosa del Conlara, el 26 de enero de 1914. Hijo de Segundo Godoy y Filomena Rojo. Cuando Polo se casó con Dora Ponce era joven y Filomena estaba viuda. “Mi madre si tenía algún problema lo llamaba a Polo. Cuando mis hermanos lo veían llegar era porque algo habían hecho. Así que él hizo de padre también. Lo llamaba al `acusado´, digamos, y lo llevaba a una habitación. Y le hablaba, nada más. Era de ayudar mucho a mi madre. Tenía un lindo carácter, siempre estaba haciendo chistes”, revive Clides, emocionada.

Polo egresó de maestro en la Escuela Normal de Villa Dolores (Córdoba) en 1933. En 1936, fue docente en la Escuela Provincial de Concarán para continuar después en parajes como Monte Carmelo, en Balcarce y Pozo Cavado.

“Con sus días tan monótonos y solos, empezó a anotar cosas que le pasaban y un día se dio cuenta que había escrito algo como en verso, y ahí empezó a escribir, en la soledad, añorando todo”, dice su hermana. De aquella experiencia, recién en 1972, alumbró “Donde la Patria no alcanza”, novela que narra la sacrificada vida de un maestro rural, que lucha por su escuela y sus alumnos en lugares apartados. “La fuerza expresiva está dada precisamente por la comunicación de los hechos en un estilo sencillo y descarnado que remarca, por contraste, la esperanza de una lucha que no ha concluido todavía: la vida dura y heroica del maestro rural en pugna con un medio adverso donde las diferencias sociales se estratifican en razón de los mezquinos intereses centrados en el poder y los prejuicios, obstruyendo todo intento de cambio. Un libro que merece estar en su biblioteca”, lo presentó el diario Clarín en 1973.

“Donde la Patria no alcanza” fue laureada con el primer premio de la 1ª Bienal Puntana de Literatura y con faja de Honor de la SADE.

Luego de los lanzamientos que hicieron distintas editoriales en 1971 y en 1990, San Luis Libro publicó esa novela. La edición tiene el prólogo del profesor emérito de la Universidad Nacional de Córdoba, Jorge Torres Roggero, quien destaca: “Si observamos la copiosa producción literaria de Polo Godoy Rojo advertiremos que la excelencia de su obra ha sido siempre víctima de la encerrona con que el centralismo cultural acorrala la producción de los escritores del interior”.

Antes de la consagración, en 1954, Polo obtuvo el 1º premio de Teatro Vocacional de la Agrupación Impulso de Buenos Aires por su obra “Simiente sagrada”. Su libro “Mi valle azul” recibió el Premio Región Centro de la Dirección Nacional de Cultura, trienio 1951/53. En 1961, se le otorgó el Premio Argentores para autores del interior por su obra “El despeñadero”.

María Delia Gatica de Montiveros, con quien Polo intercambiaba correspondencia mientras vivía en Córdoba, completa la trayectoria. Desde su primer libro de versos, “De tierras puntanas”, se subraya la vinculación del poeta con el terrón nativo. Le sigue un libro de cuentos y estampas camperas, “El malón”, de 1947, donde ya se manifestó la pericia de un narrador genuino; de 1949 es su segundo poemario, “El clamor de mi tierra”, del cual el diario metropolitano La Prensa, dijo: “Hay en ‘El clamor de mi tierra’ un fuerte sentido de la naturaleza argentina. Sus flores, sus rumores, sus paisajes, sus tipos humanos, su madura belleza, trascienden en encendidos versos, trabajados con humanidad y emoción”.

Los “Poemitas del alba”, 1953, son deliciosos relatos para niños, a quienes el gran maestro amara con tanta dilección. “Mi valle azul”, poesía, aparece en 1955; con este libro culmina para Godoy Rojo, una década de intensa labor intelectual. Vinieron después sus grandes obras de narrativa regional. En 1971 salió de las prensas “Campo guacho”, ajustado nombre para una admirable novela de ambiente rural, realmente notable por la penetración psicológica de los personajes, por la fusión entre la tierra inhóspita y la sufrida humanidad que la habita.

Diez años después, un libro de cuentos y relatos, “Nombrar la tierra”, en la que se admira a un eximio cultor de la prosa narrativa que es un apasionado testigo de los dramas callados que ocurren o pueden ocurrir en una geografía que él ha vivido y padecido. Otra gran novela debemos a su pluma: “Donde la Patria no alcanza”, de 1972. Hay mucho amor de ciudadano argentino y hondo dolor de frustraciones en esta novela esencial de nuestra literatura regional.

En 1977, salió su bello poemario “De pájaros y flautas”. Publicó en 1979 “Cuentos del Conlara”, y en 1984 “Nombro la luz”, de fino y gozoso lirismo. Polo Godoy Rojo obtuvo el Gran Premio Literario de la Fundación “Domingo Faustino Sarmiento”, otorgado por las tres filiales: Mendoza, San Juan y San Luis, de la Sociedad Argentina de Escritores, en 1984, por la novela “Secreto Concarán”.

Con “Campo guacho”, el autor puntano obtuvo el Premio Emecé, en 1960. El Diario La Prensa lo ubicó, entonces, “entre quienes continúan la senda por la que transitaron Hernández, Payró, Sánchez, Guiraldes y Linch”.

Ante la fama, el padre de cuatro hijos, hincha de Boca, guitarrero y coplero, convivía con humildad.

“Él nunca se quejó de la parte económica, de la pobreza, porque siempre vivieron sencillamente, su esposa era profesora de Música”, apunta Clides.

“Don Polo transcurrió parte de su vida en su hogar del Barrio Panamericano, esposo de la señora Dora, presidenta, en más de una oportunidad de la Sección de Liga de Madres de Familia”, lo recuerda la comisión arquidocesana de Córdoba, en marzo de 2001.

El escritor murió el 4 de julio de 2004. En esa provincia vecina, la escuela del barrio “Ciudad de los niños”, lleva su nombre. “Nunca se olvidó de su San Luis”, asegura Clides.

Compartir y difundir el legado de la puntanidad:

En “La puntanidad”, el historiador Jesús Liberato Tobares detalló el perfil del puntano histórico: Amor a la tierra, religiosidad profunda, vocación docente, hospitalidad y sentido de libertad. Además, sostiene que vivir la puntanidad hoy significa reflexionar acerca de la dignidad humana y los valores a cultivarse. Para lograrlo considera que el único camino es la cultura y la educación. Polo bregó por esos ideales. En rechazo de la lectura mecánica y fría, proponía enseñar a que el alumno “sepa extraer el sentido y efectos de los textos literarios. Lo que no será difícil de alcanzar si el maestro es un apasionado de la lectura”.

“¿Qué amará y admirará si no se le ha inspirado amor y admiración?”, cita Godoy al profesor Arturo Marasso, por cuyas aulas de literatura griega y española pasó Julio Cortázar.

“Que el lector interprete, viva y sienta lo que los autores expresan en sus páginas, que perciba la belleza del contenido, que profundice en ella, que goce de la musicalidad y transparencias de sus estrofas o párrafos elegidos, que aprenda a percibir las lecciones de vida que a través de sus relatos dan los grandes escritores del universo. Esta percepción profunda los eleva espiritualmente y les enriquecerá el intelecto, el descubrimiento de fuentes interiores que deben ser permanentemente estimuladas”, continúa Polo.

Aquel fervor literario también cautivó a su hermana. “Yo nunca le mostraba las cosas que escribía porque al hermano mayor le teníamos mucho respeto. Hasta que un día se las mostré y me aconsejó que leyera”, sostiene. Clides cuenta también que cuando Polo presentó una obra para una editorial de Buenos Aires le dijeron que no servía y que se dedicara a otra cosa. “Por eso él decía que siempre hay que insistir”, subraya. “Aunque fuera de noche, si Polo se acordaba de algo, se levantaba a escribir, según cuenta la esposa. Es, como dice Romero Borri, el que tiene la pasión de escribir duerme con un solo ojo”, añade.

“Escribir me ayuda porque te transportás a otro mundo”, afirma Clides antes de entonar algo de su propia cosecha: “Por la mañana muy temprano/ corto el poleo para iniciar/ el ritual diario siempre esperando/ entre mi mate y yo./ Mientras despacio lo saboreo/ prendo la radio para escuchar/ y allí se instala Nino Romero/ entre mi mate y yo./ O bien disfruto de una lectura/que me transporta a otra dimensión/ entonces pienso con alegría no estamos solos/ mi mate y yo/. Y si un secreto debe guardarse/ de esta cocina nunca saldrá,/ ese secreto quedará sólo/ entre mi mate y yo./ y aunque los vientos soplen muy fuerte/ esta costumbre no cambiará/ por siempre iremos tejiendo sueños,/ mi mate y yo”.

Entre catedrales de silencio, por las ramas de la noche, a cada pena retratada, Polo, como buen criollo, la arroja al viento. Para que se dome, para que desfogue o recobre la luz. Y al igual que con las guitarras en un fogón, alrededor de su literatura se emparejan nuestras voces puntanas.

Nota: Matías Gómez

Fotos: Familia Godoy Rojo

Edición fotográfica: Malvina Urquiza.

Corrección: Mariano Pennisi.