Ricardo Torres, recitador y ex vecino en Merlo, revela anécdotas fuera de los libros.

“Quedó petrificado. Nosotros le decíamos vamos “Tono” que es tarde. Pero no”, recuerda Ricardo Torres, acerca de una de las tantas andanzas que compartió con Antonio Esteban Agüero, cuando tenía dieciocho y el escritor había pasado los cincuenta. “Estaba duro frente al Cristo de tamaño natural en la capilla. Era un Jueves Santo, a la noche”. Al poco tiempo, Agüero le leyó “Canción del buscador de Dios”. “A mí me emociona hasta el día de hoy”, dice Ricardo a sus 64 años, vecino del rimador. “¿Sabés lo que es dejar de buscar algo que buscaste durante toda la vida?, pregunta.

Agüero, una de las tintas más extraordinarias de la literatura sanluiseña, buscaba, latía, dentro y fuera de sus poemas. “No hablaba de otra manera. Le preguntabas algo y te respondía en poesía”, revela Ricardo, lector de estrofas antes de conocerlo, recitador, hasta la actualidad, después de que el “Tono “lo eligió para cada guitarreada.

Agüero disertando en el Hotel Parque de Merlo

Agüero disertando en el Hotel Parque de Merlo

Antonio Esteban Agüero, nació en Merlo, Piedra Blanca baja, próxima a una estancia de su querido Leopoldo Lugones, frente al Comechingones y, según el profesor Hugo Fourcade, “abierto a la madura luz del Valle del Conlara.” De su padre, Agüero sólo pudo retener los nombres y vagos recuerdos, pues falleció cuando tenía dos años. Con su madre, María Teresa Blanch, vivió en la heredada vivienda solariega, ahora bautizada Casa del Poeta.  Ambos padres eran docentes, por lo que graduarse de maestro en la Escuela Normal «Juan Pascual Pringles» de la capital puntana, para Esteban hubiera sido un trámite, salvo que los profesores se quejaban de su indisciplina y poca participación.

Fourcade, en “Vida y pasión poética y prosística de Estaba Agüero” describe al adolescente que colaboraba para la revista Ideas como “de mirar profundo, palabra amable, y esa voz, que tenía, inolvidable, la reciedumbre (fuerza) del rebelde a quien jamás conforma la mediocridad del medio que comparte.” Ese descontento lo llevó a sacrificar su título, ya que ejerció brevemente la docencia en Carpintería y Merlo, para vivir en poesía.

“Alguien dijo, y yo concuerdo, que es la más alta voz eglógica (lírica) de la poesía puntana. En verdad, conmueve su alto vuelo”, asegura la Dra. en Historia, Teresa Fernández, vicepresidenta de la Asociación Cultural Antonio Esteban Agüero. En el prólogo a “Antonio Esteban Agüero, corazón y destino de cigarra,” Fernández, tras señalar que el escritor serrano fue influido por García Lorca y César Vallejos,  sostiene: “en la lírica “agüeriana” hay identificación con la naturaleza, sencilla ternura y vibrante despliegue de metáforas”.

La casa del poeta en su infancia

La casa del poeta en su infancia

Antonio Esteban Agüero, colaboró para el diario porteño La Prensa, obtuvo el premio Nacional de Literatura Regional y, entre otras distinciones, Clarín lo galardonó por «Un hombre dice a su pequeño país», con voto unánime de Enrique Larreta, Fermín Gutiérrez, y Jorge Luis Borges, sin embargo el dueño de imborrables “Digos” vivió humildemente. “jamás se quejaba, ni siquiera decía tengo hambre”, expresa, serio, Torres. “En invierno o en verano, se abrigaba siempre con el mismo saco raído, hecho pomada”.

El recitador también inmortaliza una cena de papas negras con pan, preparada por su vecino. “! Esperen!  Falta el postre, dijo. Y trajo, riéndose, una ollita con el caldo de barro”.

La poetisa Beba Di Gennaro, durante las Primeras Jornadas Cuyanas de Literatura, señalo: “Las postrimerías del poeta nos lastiman el alma. Murió pobre, aislado, sufriendo la imposibilidad de editar sus libros, sin las condiciones necesarias para crear en paz, cumpliendo una condena (en suspenso) por desacato, al tirano de turno. Estaba mal, muy mal, con una santa furia. Nosotros no lo amamos lo suficiente o no lo supimos cuidar como debía ser”.

A pesar de su condición, Agüero hechizaba. Torres, que frecuentaba su casa colonial con un grupo de 10 o 15 jóvenes merlinos, afirma: “todos salimos convertidos en poetas”.

“A él lo visitó el presidente (Arturo) Illia- agrega-, pero sus amigos eran los mineros que esperaban frente a su casa para ir trabajar.  Y ellos fueron los que lo acompañaron durante el funeral”.

Galería de la actual Casa del Poeta

Galería de la actual Casa del Poeta, Merlo

Post mortem, en 1970, Agüero recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de San Luis. «Poemas lugareños», «Romancero Aldeano», «Pastorales», «Romancero de niños», «Cantatas del árbol», «Canciones para la voz humana» y «Poemas Inéditos», son algunas de las obras del creador que despeñó cargos públicos en la provincia (entre 1955 y 1959) y paseaba por las calles de Merlo con maíz o mijo los bolsillos para alimentar a las aves.

“Era un lector total, pero llegábamos nosotros y se ponía a charlar”, apunta Torres, quién además recuerda a Agüero incitando a un anciano del pueblo para que agitara su poncho enroscado a un cuchillo y describiera cómo había peleado contra la luz mala. “Siempre les sacaba historias a la gente. Del loquito Floro imitaba lo de pedir en una pulpería y pagar con poesía. O nos llevaba a cortar las ramitas secas del Algarrobo Abuelo y después se las daba a los turistas, mientras les recitaba”.

Por esa bohemia, Torres opina que “Caserita” (Elia Barbosa, la primera de sus dos esposas) “la mujer con nombre de pájaro le decía Agüero”, lo dejó, y en parte para proteger a su única hija, María Teresa. En un reencuentro por otro homenaje, Caserita le confesó a Torres que todavía guardaba los cuadernos de amor regalados por el coplero.

Ricardo nunca olvidará cuando Agüero lo ayudó con una composición para el 9 de Julio. “Se mordía el costado del dedo índice, pensando, y daba vueltas alrededor de su pileta vieja. Anotá me dijo”.  Al otro día, frente a la maestra Ricardo recitó, en tono abovedado: “Reunidos los representantes del pueblo de la Nación Argentina, en los jardines del Tucumán, para afirmar y declarar la independencia de la Patria, cuatro potros negros de la España imperial, en la plaza de piedra del Cuzco milenario, descuartizaban al último Inca, que se llamaba Túpac Amaru”. La docente escuchó, pálida. “Cuando terminé, me dijo siéntese Torres, usted tiene un uno, el poeta Agüero un 10”.

Ricardo Torres asegura que cada año que pasa se emociona más al recitar a "El Tono"

Ricardo Torres asegura que cada año se emociona más cuando recita al «Tono»

Este 7 de febrero se celebraron 97 veranos del natalicio que el propio autor poetizó así: “Eran las siete de la mañana de un día que se insinuaba cálido y sonriente cuando mis ojos se abrieron a la claridad del mundo… las últimas cigarras de la estación sonaban en todos los follajes alborozados y felices”.  

La poesía, dijo luego, vino (aún viene) con aquel coro de chicharras.

 

Nota: Matías Gómez

Fotos: Asociación Cultural Antonio Esteban Agüero- Ricardo Torres