Aun en el encierro se desarrollan historias de vida y realizaciones personales. En la Penitenciaría de San Luis, esto se concreta para muchos a través de un Plan de Laborterapia destinado a los internos. Agencia de Noticias San Luis fue a ver de qué se trata.

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Para conocer este plan tuvimos que pasar las rejas verdes que dan diseño al gran portón de ingreso a la penitenciaría, el que se abrió en bloque ante un protocolo de seguridad, y nos invitó a conocer una realidad detrás de altos muros que hacen las veces de morada de hombres y mujeres privados de libertad.

Tras pasar la gran entrada y cruzar el patio externo, puertas de vidrio nos dieron la segunda bienvenida, para encontrarnos inmediatamente con la imagen de la Virgen del Carmen de Cuyo, que guarda y cobija el corazón de la comunidad.

Al adentrarnos en la intimidad del penal, pudimos observar que la geografía interna se distribuye en unidades donde se encuentran los pabellones de mujeres, adolescentes, condenados en sus distintas clasificaciones y procesados en espera de sentencia, y las salas de visitas que diariamente reciben un promedio de 300 personas.

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Sin andar mucho, llegamos a un patio interno delimitado por alambrados, muros enrejados y naves donde se distribuyen los distintos talleres que desarrollan el Plan de Laborterapia para los reclusos. El primero que encontramos es el de panadería.

Allí, el infaltable aroma a pan horneado, harina y levadura, entre sobadoras y amasadoras, nos invitó a conocer las bondades de una tarea, que no sólo es para proveer de pan a la unidad penitenciaria, sino también el espacio donde internos tienen la posibilidad de trabajar y aprender el oficio de la panificación.

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Por día se producen 200 kilos, los que son utilizados para consumo interno y el resto es vendido a las visitas, nos explicaron los tres agentes a cargo en ese momento.

La tarea de elaboración comienza aproximadamente a la una de la mañana, con el preparado de las máquinas, con el amasado, describieron los agentes penitenciarios al contar también: “lo destacable de este taller, es que internos que salieron de la penitenciaria no solo aprendieron bien el oficio, sino que se dedican a esto en su nueva vida”.

De la producción total, una parte se vende a los familiares que llegan al penal en las visitas. Lo recaudado colabora para comprar insumos para elaborar más pan y se distribuye en pago por mano de obra, lo que permite a los reclusos colaborar económicamente con sus familias.

De la experiencia de ver cómo ayuda el estar en la panadería, los agentes coincidieron en decir: “la posibilidad que tiene el interno, de trabajar y estar ocupado les cambia la estadía. Que de estar encerrados todo el tiempo, pueden salir a cumplir una función y sentirse libres dentro del mismo penal”.

Estas palabras fueron ratificadas por Sergio, uno de los internos que estaba trabajando en ese momento. Lleva cuatro años cumpliendo su sentencia, le quedan cuatro y ocupa su tiempo elaborando flautas y baguettes. Si de tiempo hablamos, hace seis meses que aprende el oficio de panadero y cumple diariamente su horario de 8:00 a 14:00.

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Al preguntarle sobre su experiencia de salir de su celda para ir amasar el pan de cada día, expresó: “Me siento muy bien, mucho mejor, solo descanso un poco y para mí la vida acá adentro, es la panadería. Y mi familia a pesar de que estoy aquí, se siente orgullosa de la actividad y del oficio que estoy aprendiendo. Acá me siento libre. Me ha cambiado mi forma de ser, me siento mucho mejor y útil. Mi sueño es dedicarme a la panadería cuando salga”, dijo emocionado de compartir sus palabras.

Tras este mensaje, sin mediar más palabras, llegó un apretón de manos de despedida y el agradecimiento de Sergio, que sin ningún tipo de prejuicios posó para la foto.

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Continuamos la recorrida y a la vista de una gran torre de seguridad -haciendo las veces de vigía silencioso y guardián de los muros-, un conjunto de canastos de residuos negros de hierro a poco de ser terminados, nos dio paso al taller de herrería.

Entre soldadoras, hierros, rejas para aberturas, hornos de tachos y parrillas, nos encontramos con Antonio, que lleva dos años en el taller.

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Con ropa de trabajo azul y los implementos de seguridad, dejó de soldar la pieza que estaba trabajando para contestar a nuestra curiosidad: “Es lo mejor que me pudo pasar desde que entré. Estoy por cumplir un año en el taller y mi oficio afuera para vivir era ser metalúrgico. Así que estoy haciendo lo que me gusta y me sale. Es lo único que me mantiene en pie”, dijo con voz entrecortada.

Además, contó: “El estar ocupado la tiene tranquila a mi familia que sabe que así no voy a estar deprimido y como saben que me gusta trabajar, se sienten conformes y porque así también los puedo ayudar económicamente”.

Tres años le quedan a Antonio para cumplir su condena y, a pesar de ese tiempo, no deja de tener la esperanza de continuar con su labor metalúrgica, como lo hacía antes de llegar a la cárcel.

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Otro de sus compañeros, no brindó su nombre, contó que lleva unos meses en la unidad y que para él “es mejor estar en el taller trabajando que estar encerrado todo el día. Me siento como estar en la calle, es como que uno sale a cumplir un trabajo por largo tiempo afuera y después vuelve”.

Respecto de su familia, dijo que cada vez que lo visita lo motiva a seguir trabajando, porque tiene un taller de chapería y un camión que lo esperan, y piensa volver a dedicarse a su oficio cuando salga.

“Esto me da la posibilidad de tener algunos ingresos que juntamos de lo vendido y eso ayuda a mi gente para que no sea tan difícil la situación económica”, concluyó la charla.

Con poca animosidad y pocas palabras, los jóvenes que van al taller en otro sector contaron su experiencia de salir de sus celdas para ir a la herrería.

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“Ocupar el tiempo” fue el primer concepto que destacó con sus palabras Pablo (21), al consultarle sobre la posibilidad de acceder al Plan de Laborterapia.

Para Marcos (20): “es un beneficio y mi familia, a pesar de estar yo encerrado, se siente orgullosa cuando ve las cosas que hago en el taller”, compartió mientras mostraba algunos de sus trabajos a la fotógrafa de la Agencia de Noticias.

El agente penitenciario a cargo de estos jóvenes agregó: “No sólo hacen que su tiempo sea útil, sino que están aprendiendo un oficio y a realizar a partir del reciclado de los materiales que quedan en desuso, muchos productos artesanales que también son vendidos”.

Otros de los talleres que conocimos fue creado hace pocos meses y es al aire libre. Se trata de la fábrica de bloques. También es de autogestión: producen y venden para comprar más materiales y seguir elaborando.

bloquera

Máquina bloquera, mezcladora, palas y demás herramientas le dan vida a este sitio que produce ladrillo de cemento, con mano de obra de los propios internos.

Por día arman unos 200 bloques: Algunos se guardan para construir, por ejemplo, la nueva panadería que está iniciada. Otros se venden a precios muy accesibles para recaudar fondos que permitan comprar más material y dejar un rédito económico a los internos que trabajan  allí.

mezcladora

Los encargados de realizar la tarea contaron que llevan entre un mes y cinco meses trabajando y contentos de haber podido vender lo producido. Y con la timidez que produce el encierro, mientras no dejaban de trabajar, dijeron: “Si bien estamos cumpliendo una condena, el hacer un oficio o venir a la bloquera nos ayuda salir al aire y sentir que el tiempo pasa más rápido”.

El sonido de las sierras y tornos, el olor a barniz y teñidores de maderas nos indicaron dónde estaba el taller de carpintería. Envidia de cualquier fábrica de muebles, si de comparar se trata.

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“Aquí se construyeron las puertas y aberturas para las viviendas del Plan Solidaridad, encomendado por el Gobierno Provincial, a través del convenio suscripto entre los ministerios de Relaciones Institucionales y Seguridad y de La Vivienda”, dijeron orgullosos los agentes penitenciarios José y Dante, del trabajo que realizaron los internos.

Son 75 reclusos, aproximadamente, los que trabajan en este taller, unos 45 se dedican al trabajo fino de los muebles. Junto a los agentes a cargo, piensan en la forma de promocionar sus productos para vender. “Hay personas que se van enterando por los mismos familiares, tanto de los agentes como de los internos, y hacen el encargo de muebles”, decían al mostrar amoblamientos de cocina, puertas, mesas con patas torneadas y sillas listas para darles color.

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De los internos, Aníbal fue el que se animó hablar en nombre de sus compañeros. Lleva cuatro años en la penitenciaría y uno en la carpintería. “He aprendido mucho el trabajo de la madera -dijo contento- y sé que me va a servir cuando salga, al igual que a los otros muchachos, además de la ayuda económica, que es para mi familia lo que ganamos haciendo los muebles”.

Y a título personal recalcó: “Lo que me interesa de este trabajo es que al cliente le guste y que no haya regreso de lo que hacemos porque eso significa que está bien hecho”.

De allí fuimos a otros sectores de la cárcel, donde encontramos como en cada rincón recorrido, todo limpio y en su lugar.

El reloj marcaba medio día cuando un rico olor a comida comenzaba a esparcirse en los pasillos de los pabellones. Si bien no tuvimos la posibilidad de ingresar a la cocina, supimos que para comer había polenta con salsa y queso, por un grupo de internos que nos vio pasar y se asomó por una pequeña ventana enrejada.

Con ganas de hablar y curiosos, también contaron que el menú lo deciden los maestros cocineros y que ellos ayudan en la preparación. “Como hay que cocinar para tanta gente -dijo uno- vamos sabiendo sobre las proporciones y recetas de cómo cocinar”.

Otro de los ayudantes de cocina, antes de volver a su tarea, terminó el corto encuentro agregando: “Es una muestra de confianza que podamos estar trabajando en la cocina, le preparamos la comida a todos y esto nos ayuda aprender un oficio nuevo para cuando salgamos”.

Pasillos más adelante, divisamos en un perímetro cerrado un grupo de internos trabajando la huerta. Ahí vimos almácigos de distintas especies y plantas de frutillas en perfectos surcos delineados en la tierra. Esta tarea también forma parte de los talleres de laborterapia.

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La premisa de reinsertar a los individuos privados de libertad, a partir de la formación en oficios y la capacitación, es ambiciosa para la gestión penitenciaria que de a poco suma actividades. Ejemplo de ello es el taller de serigrafía al que conocimos en su primer día de funcionamiento. Para ello, una oficina se dispuso para trabajar y aprender. Comenzó imprimiendo folletos de promoción de una jornada sobre el general San Martín, organizada por la penitenciaría.

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“En este taller se dará clases a los internos porque el proyecto es trabajar con impresiones textiles como remeras, gorras, copiado, folletería, etc. y se transformará en un taller de servicio que proveerá de trabajos para el funcionamiento interno y pedidos externos”, describió, muy ansioso por poner en marcha las primeras máquinas, el suboficial principal Luciano Godoy.

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En nuestro recorrido, un párrafo aparte dejamos para el pabellón de mujeres, que a su ingreso nos recibió con la imagen de la Virgen Inmaculada. Aquí doce reclusas cumplen sus sentencias. Otras dos las cumplen de manera domiciliaria.

 “Lo que sobra en la cárcel es tiempo, y en el pabellón de mujeres se trata que estén siempre activas”, precisó la directora Gladys Aguilera, quien nos mostró la dependencia.

Por ser la hora del almuerzo, no encontramos a ninguna reclusa aunque pudimos observar cómo el detalle femenino no se pierde aún, estando en situación de encierro.

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“Las internas se dedican al taller de costuras y manualidades en lo que se refiere a oficios -contaba mientras señalaba el sector donde se encuentran ordenadamente dispuestas las máquinas de coser-. También asisten a la escuela de la cárcel para terminar sus estudios primarios o secundarios, porque todo el tiempo las motivamos a que mejoren y se preparen para cuando salgan”, expresó.

En cuanto a actividad física y esparcimiento, tienen clases de ajedrez y gimnasia, además de las visitas, por lo que tienen todos los días ocupados, según destacó la funcionaria.

Respecto del clima de convivencia, dijo que es muy bueno y cuando alguna de ellas está deprimida se ayudan mutuamente. Además, cuentan con un equipo de ayuda psicológica y profesionales que las contienen.

Contó que actualmente las reclusas confeccionan las sábanas para el complejo penitenciario, “y ni bien se termine esa tarea seguiremos cociendo otras cosas, que son vendidas internamente como forma de autogestionar la compra de más material para producir”, concluyó Aguilera en nuestro recorrido.

Conocer el Plan de Laborterapia nos mostró que a pesar del encierro, la libertad es la que se siente en el alma y el corazón. Ésta es quizás una de las razones de las que se sostienen aquellas personas condenas por errores cometidos en sus vidas. En la penitenciaría de San Luis, si bien se cumplen sentencias a partir del encierro, se ofrece la posibilidad de sentir la libertad contenida en un gran predio,  realizando distintas actividades. Porque la libertad se alimenta de nuestro espíritu y serenidad, y del ánimo de fortalecernos a partir de lo que somos capaces de transformar y recrear como seres humanos, de la realización personal que trasciende rejas y altos muros custodiados.

Crónica. Viviana Antonucci

Fotografía. Jesica Flandes